viernes, febrero 23, 2024

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Estamos borrachos de progreso

¿Cuál es la sociedad que queremos? Es una de esas preguntas que, parece ser, se responden solas, o que «alguien» ya ha respondido por nosotros.

Pienso, y con convicción, que muchas veces no somos conscientes de a dónde nos encaminamos. En términos generales, podemos decir que en Occidente marchamos de forma acelerada hacia un «destino compartido» que, sin embargo, nos negamos a aceptar, mientras que cada paso que damos como sociedad nos acerca más a ese precipicio. El fatalismo nunca ha ido conmigo, ni creo estar cayendo en él por remarcar algo tan evidente como que hay un severo retroceso en muchos ámbitos de nuestra sociedad, y cada vez más acentuado.

Suelo decir mucho la frase de que estamos borrachos de democracia y de progreso. Es algo que suena mal, pero que, al menos en mi caso, lo uso para referirme al discurso que sirve de base para el autoengaño de muchas personas que, en vez de enfrentar la realidad, acuden a su «dios» particular para evitarla, protagonizando una y otra vez un salto de fe que les permite seguir viviendo en un plano mental ajeno a la misma.

Y Dios, a día de hoy, no es otro que el liberalismo, la idea de la libertad individual por encima de todo, en su forma más posmoderna e infantil. Se nos aparece en series televisivas, canciones e incluso durante nuestra formación académica; el mantra sobre el que se construye la democracia actual, que nos «permite ser libres», menos para solucionar los problemas que afectan a la mayoría de la población, porque las soluciones a estos no entran en los marcos de lo políticamente correcto.

Esta contradicción patente en nuestra sociedad, nos lleva a paradojas que son dignas de estudio. Progresistas, que acuden una y otra vez al mantra de los derechos humanos, están dispuestos a ver caer su idealizada democracia por el «bien» de la misma, ya que las medidas que deben tomarse para conservarla son «antidemocráticas» y pasan por encima de esos derechos a las que tanto se aferran, como un dogma más de su religión.

No podemos enfrentar el problema migratorio con medidas contundentes, porque ello violaría los derechos de personas migrantes. Pero mantener el modelo actual solo nos lleva a un escenario en el que esos derechos ya no valen nada. Estamos hablando de personas que prefieren ver morir a miles de migrantes en el mar, antes que enfrentar a las mafias del tráfico de personas y solucionar el problema (como han hecho en Australia) porque eso es algo reaccionario. Personas que se quedan de brazos cruzados, mientras aumenta la criminalidad, literalmente mientras aumenta la violación de derechos de los ciudadanos; mientras se islamizan barrios y las mujeres de estos barrios, por lo tanto, ya no pueden acceder a sus tan idealizados derechos humanos. No es la primera vez que esta contradicción del liberalismo ve la luz en nuestra historia, pero nos ha tocado vivir una época en que, directamente, se criminaliza la real politik, sustituyendo la realidad por sentimientos aparentemente progresistas.

Sin embargo, miramos afuera, a otros países que han seguido nuestra misma senda, y tenemos la «suerte» de ver cuáles son los resultados de esta huida hacia adelante que protagonizan nuestros políticos con la complicidad ciega de la sociedad. Sociedades que acaban colapsando, que ven su esencia desaparecer, para convertirse en la marca blanca europea del modelo estadounidense de consumo. Sociedades donde el individuo sigue obteniendo «galones» (de plástico), a costa de destruir la colectividad; donde prima un consumismo enfermizo, combinado con una falsa idea de libertad que parece diseñada a la carta por esas grandes empresas que en junio cambian sus fotos de perfil por banderas LGTB. Sociedades en las que los derechos conquistados por generaciones pasadas, deben sacrificarse por un bien mayor, el de una élite que ha conseguido convencernos de que, ahora, lo revolucionario es defender a capa y espada el sistema.

El buenismo es la cara oscura de la sumisión. Estamos borrachos de progreso, porque ello nos permite no sentirnos responsables de que todo a nuestro alrededor se derrumbe. Pero, a pesar de este estado de alienación colectiva, creo fervientemente que aún podemos despertar; que vale la pena que, como sociedad, sea con los medios que sea, demos un golpe sobre la mesa y decidamos ser la excepción en toda esta vorágine global, porque tenemos que poder decidir qué sociedad queremos ser. Porque hay cosas que merecen ser salvadas, y aún estamos a tiempo para hacerlo.

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