Hace unos días, el empresario Ricardo Gil ha resumido en una frase un malestar cada vez más extendido: <<La gente sí quiere trabajar; lo que no quiere son horarios abusivos y sueldos bajos>>. Sus palabras no buscan provocar, sino poner sobre la mesa una realidad incómoda: el problema del empleo en España no es la falta de ganas de trabajar, sino las condiciones en las que se ofrece gran parte de ese trabajo.
Gil, empresario del sector hostelero, ha ganado notoriedad por cuestionar prácticas que durante años se han normalizado: jornadas interminables, turnos imprevisibles y salarios que no guardan relación con el coste real de la vida. Su discurso rompe con la narrativa que culpa a los trabajadores de una supuesta falta de compromiso y desplaza el foco hacia un problema estructural: la baja calidad de una parte importante del empleo que se ofrece.
El debate cobra aún más sentido cuando se observan los datos. España no es un país con un exceso de ofertas de empleo sin cubrir; al contrario, se sitúa entre los Estados de la Unión Europea con menor número de vacantes en relación con su mercado laboral. Dicho de forma sencilla, no faltan trabajadores dispuestos, sino oportunidades laborales reales, lo que desmonta la idea, muy extendida en el debate público, de un país lleno de empleos que nadie quiere aceptar.
Por tanto, la realidad es otra. No hay un rechazo masivo a las ofertas de empleo, sino un mercado laboral que genera poco trabajo nuevo y que, cuando lo hace, suele hacerlo en malas condiciones. En sectores como la hostelería, el comercio o los servicios, los salarios bajos, los horarios partidos y la falta de conciliación explican tanto la alta rotación como la dificultad para cubrir los puestos de forma estable.
El problema, por consiguiente, no es una supuesta falta de voluntad para trabajar, sino un mercado laboral que no se adapta ni a las necesidades reales de los trabajadores ni a las exigencias de una economía moderna. Mientras se siga señalando al eslabón más débil, se evitará el debate de fondo: salarios insuficientes, jornadas desordenadas y una cultura empresarial que presenta jornadas largas, disponibilidad permanente y bajos salarios como algo normal e inevitable.