13 de febrero de 2026

Bad Bunny: el hedonismo vendido como revolución

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La Super Bowl volvió a hacer lo que mejor sabe hacer: convertir un partido en un escaparate mundial. Y este año, en el descanso, le tocó el turno a Bad Bunny, presentado por buena parte de la prensa progre como un <<hito>> para los hispanos y como una supuesta bofetada simbólica al clima político estadounidense. Se insistió en que era el primer artista en encabezar un espectáculo íntegramente en español, y no tardaron en aparecer los elogios fáciles y las frases grandilocuentes sobre <<resistencia cultural>> y <<orgullo colectivo>>.

Sin embargo, lo que se vio sobre el escenario no fue resistencia ni rebeldía, sino un producto perfectamente empaquetado para el consumo masivo propio del liberalismo cultural. Música, luces, coreografía y estímulo constante, todo envuelto en un mensaje de <<unidad y amor>> que suena bien, no incomoda a nadie y encaja sin fricciones en el mercado del entretenimiento. Vamos, lo de siempre: espectáculo, titulares y aplausos automáticos.

Bad Bunny no es un artista incómodo para el poder, ni un símbolo de ruptura, ni un azote del sistema. Es una de las piezas más exitosas del engranaje cultural contemporáneo, una industria musical que ya no vende canciones, sino estilos de vida. Aquí no hay disidencia, hay negocio, y lo preocupante es que se intente presentar como <<conquista cultural>> lo que en realidad es un espectáculo diseñado para facturar.

Y el problema no es solo el envoltorio, sino lo que se transmite. Lo hispano queda reducido a una etiqueta, a una estética exportable, a un decorado que sirve para llenar titulares y alimentar discursos de orgullo superficial. No hay profundidad cultural ni raíces, solo una imagen prefabricada, lista para ser consumida y olvidada al día siguiente.

Pero si hubo un elemento especialmente revelador fue la estética del espectáculo. El exceso como lenguaje, el placer inmediato como única propuesta y la hipersexualización como norma. En este punto conviene decirlo con claridad: gran parte de este tipo de espectáculos se sostiene sobre la cosificación de la mujer, tratada como reclamo, como accesorio, como cuerpo exhibido para reforzar una narrativa de deseo y consumo.

Y aquí aparece la gran contradicción que muchos prefieren ignorar. Los mismos medios y opinadores  progres que se llenan la boca hablando de feminismo, igualdad y dignidad femenina son los primeros en aplaudir con entusiasmo un espectáculo que, en la práctica, normaliza la degradación estética y moral de la mujer.

A partir de ahí, todo encaja: entradas a precios abusivos, reventa, comisiones infladas y jóvenes endeudándose para vivir una experiencia fugaz. Es el capitalismo cultural en su forma más pura, vender consumismo e hedonismo inmediato como si fuese liberación.

No estamos ante una revolución cultural, sino ante la victoria de un sistema capaz de disfrazar el vacío de posmodernidad y la decadencia del wokismo. Y mientras algunos celebran el <<momento histórico>>, lo que queda es una certeza incómoda: lo hispano, una vez más, ha sido reducido a un simple adorno exótico para entretener al mundo capitalista.