2 de enero de 2026

En plenas fiestas navideñas, mientras en...

Cristianos perseguidos: una realidad global que incomoda

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En plenas fiestas navideñas, mientras en buena parte de Occidente se habla de convivencia, diversidad y tolerancia, hay una realidad incómoda que apenas ocupa espacio en los grandes titulares: la persecución que sufren millones de cristianos en el mundo. Una persecución real, actual y documentada, que rara vez se aborda con la misma intensidad que otras vulneraciones de derechos de las personas.

Los datos son contundentes. Más de 300 millones de cristianos, según los principales informes internacionales sobre libertad religiosa, viven hoy bajo persecución, violencia o discriminación grave por motivo de su fe. No se trata de episodios del pasado ni de conflictos cerrados. Está ocurriendo ahora, en 2026.

Sin embargo, esta realidad suele quedar relegada a un segundo plano en el debate público, pues existe un complejo evidente con nuestra propia cultura y nuestra identidad, especialmente en países como España, donde el cristianismo ha sido y es la religión mayoritaria. Se denuncian otras persecuciones y matanzas, pero cuando las víctimas son cristianas, el silencio se impone. Señalarlo resulta incómodo; incluso hay quien teme que hacerlo sea etiquetado ideológicamente.

África: la persecución más letal

Uno de los escenarios más sangrientos es Nigeria. Allí, la persecución adopta la forma más brutal: ataques armados, masacres de aldeas enteras y asesinatos sistemáticos de civiles cristianos. Diversos informes sobre libertad religiosa sitúan en varios miles el número de cristianos asesinados en los últimos años, lo que convierte a Nigeria en uno de los países más letales del mundo para los cristianos.

Aún más extrema es la situación en Somalia. Ser cristiano supone prácticamente una sentencia de muerte. No existe libertad religiosa real y cualquier conversión o práctica cristiana, real o sospechada, puede acabar en ejecución inmediata a manos de grupos islamistas.

En el mismo continente, Eritrea representa otra forma de persecución: la persecución de Estado. El régimen controla férreamente la vida religiosa, prohíbe iglesias no reconocidas y mantiene a cientos de cristianos encarcelados sin juicio, únicamente por reunirse o rezar.

Asia: persecución legal y total

En Pakistán, la persecución es tanto legal como social. Las leyes de blasfemia permiten condenas de cárcel, cadena perpetua e incluso la pena de muerte. Basta una acusación falsa para que una persona cristiana pierda su libertad, su hogar o su vida, en un contexto donde los linchamientos y la violencia colectiva siguen produciéndose con impunidad.

Más extremo aún es el caso de Afganistán. Bajo el régimen talibán, convertirse al cristianismo se castiga con la muerte. No existen iglesias, no hay culto público y los cristianos viven completamente ocultos, conscientes de que ser descubiertos equivale a una ejecución.

Oriente Medio: comunidades que desaparecen

En Libia y Siria, la persecución se intensificó con la llegada y expansión del islamismo radical. Milicias y grupos yihadistas han provocado asesinatos, secuestros y desplazamientos masivos, haciendo desaparecer comunidades cristianas históricas que llevaban siglos asentadas en la región.

La situación de los cristianos en Palestina es distinta, pero igualmente preocupante. Allí, la persecución no adopta siempre la forma de una violencia directa por razón de fe, sino la de una presión constante que empuja al exilio. El conflicto armado con Israel afecta gravemente a su vida cotidiana, su economía y su seguridad. En Gaza, además, bajo el control de Hamás, las minorías cristianas viven sometidas a presión, inseguridad y falta de libertad real.

Una realidad incómoda

El balance es difícil de ignorar: el cristianismo sigue siendo la creencia más perseguida del mundo. No decirlo no lo hace desaparecer. No nombrarlo no protege a quienes lo sufren. El silencio, en este caso, no es neutral: contribuye a que la persecución continúe en la sombra.

Hablar de ello no es una provocación ni una consigna. Es, simplemente, una cuestión de derechos de las personas.