El terrorismo global tiene hoy un rostro común: el islamismo radical. La mayoría de los grupos más letales del planeta comparten un mismo ideario: instaurar la sharía como única ley y levantar emiratos islámicos a golpe de violencia. Desde el Sahel hasta Pakistán, pasando por Somalia, Siria o Afganistán, las organizaciones yihadistas son responsables de la práctica totalidad de los atentados más sangrientos de los últimos años. Su inspiración no es nacionalista ni política en el sentido clásico, sino religiosa: es en la interpretación más extrema del Islam donde encuentran su motor ideológico y su legitimación para la guerra santa.
El Instituto LISA de Seguridad ha publicado la lista de los grupos terroristas más peligrosos del mundo. Desde mediados del siglo pasado, el terrorismo se ha consolidado como uno de los principales desafíos para la seguridad global. Hoy, todos los continentes cuentan con organizaciones que amenazan de manera directa a la población civil y a la estabilidad política de los Estados.
Aunque sus objetivos, motivaciones, estructuras y áreas de acción difieran, todas comparten patrones comunes: el uso sistemático de la violencia, la adhesión a una ideología radical y el recurso a mecanismos opacos de financiación. A ello se suma un rasgo cada vez más evidente: el papel central de lo digital, tanto en la propaganda como en el reclutamiento y la financiación.
Los últimos datos del Global Terrorism Index no invitan al optimismo. Los cuatro grupos más sangrientos del planeta aumentaron sus ataques en más de un 10 % respecto a 2024, al tiempo que ampliaron su presencia geográfica y reforzaron su capacidad de reclutar combatientes cada vez más jóvenes. El mapa de la violencia también ha variado: si en décadas pasadas Oriente Próximo concentraba la atención, hoy el Sahel es la región más peligrosa del mundo, junto con Pakistán y los territorios donde se abren vacíos de poder.
Entre todas las organizaciones terroristas, el Estado Islámico continúa encabezando el ranking. Solo en 2024 fue responsable de 1.805 muertes. No solo destaca por el número de víctimas, sino por su amplia proyección internacional: el pasado año causó víctimas en 22 países, principalmente en Siria, el Congo y Afganistán. A ello se añade una sofisticación creciente en sus fuentes de financiación, donde el uso de criptomonedas ocupa un lugar cada vez más importante.
El Estado Islámico opera mediante diferentes filiales, lo que le permite adaptarse a distintos entornos y aumentar su eficacia. En Asia Central y Rusia actúa bajo el paraguas de IS-Khorasan, mientras que en África Occidental lo hace bajo la marca IS-West Africa.
El Sahel se ha convertido en el epicentro de la violencia yihadista. Además de la presencia del Estado Islámico, allí actúa el grupo Jamaat Nusrat al-Islam wal Muslimeen (JNIM), filial de Al Qaeda. Fundado en marzo de 2017 en Malí tras la fusión de varias facciones locales, se expandió rápidamente a Burkina Faso, Níger y Togo. De ideología islámica radical, su objetivo declarado es instaurar un emirato regido por la sharía. El nombre mismo del grupo se traduce como “Grupo de Apoyo al Islam y a los Musulmanes”. En 2024 protagonizó una de las masacres más brutales del año, asesinando a más de 200 civiles en Burkina Faso. Entre sus tácticas habituales se cuentan los atentados con explosivos improvisados, ejecuciones, secuestros de occidentales y ataques contra bases de la ONU. Su expansión se nutre de la inestabilidad política y su financiación encuentra en el tráfico de oro una vía altamente rentable.
En Pakistán, otro actor letal es Tehrik-e-Taliban Pakistan (TTP), fundado en 2007 como coalición de facciones militantes con el objetivo de instaurar un emirato islámico e inspirado en la lucha de los talibanes afganos. Desde sus inicios mantiene un ideario antigubernamental, antioccidental y profundamente sectario, dirigiendo su violencia contra fuerzas de seguridad, instituciones estatales y minorías religiosas. En el último año duplicó su capacidad letal, con 558 muertes en atentados dentro de Pakistán. El ataque más mortífero de 2024 tuvo lugar en una estación de tren, con 25 víctimas mortales. La retirada de tropas extranjeras en la región facilitó su crecimiento, mientras que su estrecha relación con los talibanes afganos le ha garantizado santuarios seguros en la frontera. Sus tácticas incluyen atentados suicidas, emboscadas y ataques a gran escala, junto a una campaña de intimidación contra líderes tribales y comunidades locales, especialmente en las provincias de Khyber Pakhtunkhwa y Baluchistán.
También con la meta de imponer la sharía, aparece en la lista de los grupos más peligrosos Al Shabaab, en Somalia. Fundado en 2006 como el brazo radical de la Unión de Tribunales Islámicos, mantiene un ideario centrado en la instauración de un Estado islámico bajo la sharía, con un discurso ferozmente antioccidental y antigubernamental, y lazos orgánicos con Al Qaeda, a la que juró lealtad en 2012. Desde entonces ha convertido la lucha contra el Estado somalí y contra la presencia militar extranjera en su bandera principal. Actualmente ejerce un control férreo sobre amplias zonas de Somalia y ha sido responsable del 96 % de los atentados en el país. Pese a ofensivas militares conjuntas de la Unión Africana, del ejército somalí y a intensos ataques con drones estadounidenses, el grupo ha logrado sobrevivir. En 2024 perpetró un atentado en un hotel de lujo de Mogadiscio, con 37 muertos. Su estrategia combina violencia directa, imposición de normas religiosas extremas y el terror como forma de control social, reforzada con un sistema de extorsiones e impuestos que sostiene su maquinaria de guerra.
Finalmente, el Estado Islámico de Khorasan (IS-K), nacido en 2015 como filial del Daesh en Afganistán y Pakistán, representa hoy la rama más expansiva del califato. Integrado por excombatientes talibanes y desertores de otros grupos yihadistas, persigue instaurar un califato transnacional regido por la sharía y se distingue por su rechazo frontal a los talibanes afganos, a quienes considera demasiado pragmáticos. En los últimos años ha extendido sus operaciones hacia Irán, Rusia e incluso Europa. En 2024 fue responsable de dos de los atentados más mediáticos: el ataque en la sala de conciertos Crocus City Hall de Moscú, con 144 muertos, y la masacre durante un acto conmemorativo en Irán, con 95 víctimas. Además, IS-K ha perfeccionado su maquinaria propagandística, produciendo contenidos en nueve idiomas y reclutando combatientes desde Asia Central hasta Norteamérica, consolidándose como la filial más activa y con mayor proyección global del Estado Islámico.
El panorama internacional muestra que, aunque el terrorismo adopta múltiples formas, el núcleo de la amenaza en la actualidad es de origen islámico. Los nombres cambian —Estado Islámico, Al Qaeda, Al Shabaab, TTP o Jamaat Nusrat al-Islam wal Muslimeen—, pero la esencia permanece: la imposición de la sharía por medio del terror. Su expansión geográfica, su capacidad de reclutar jóvenes en distintos continentes y su adaptación al mundo digital hacen de ellos un fenómeno global, difícil de erradicar. La conclusión es inevitable: mientras el islamismo radical siga utilizando la religión como justificación de la violencia, el terrorismo seguirá siendo uno de los mayores desafíos de nuestro tiempo.