jueves, febrero 29, 2024

La rebelión de las minorías

Allá por el lejano 1927 el principal filósofo español (más por carencia de competencia que por méritos propios) escribía La rebelión de las masas. En su escrito Ortega y Gasset desarrollaba las tesis propias de su época, alentadas principalmente por la repercusión de la revolución bolchevique, y que pretendía probar la inviabilidad de la articulación política de las masas, ya que estas carecen de raciocinio, lo que indirectamente justificaría el sempiterno mando de una “élite preparada” sobre las mismas. En esta obra se nota la influencia del “elitismo moral” de Vilfredo Pareto (fuertemente influido por Nietzsche) y el resabio de la obra de Oswald Spengler, La decadencia de Occidente.

Sin embargo la lectura de este libro, a pesar de lo torticero de su intención, revela una idea interesante. Esa idea es que una vez puestas en marcha las abrumadoras masas, nada puede detenerlas excepto su propia determinación a hacerlo. El siglo XX es buena prueba de ello, regado por el esfuerzo ingente de pueblos enteros que lucharon sin tregua por su liberación del yugo colonial.

Podríamos preguntarnos si la estrategia o los fines llevados a cabo hasta el presente fueron los correctos, o sobre lo que los ha llevado a su situación actual. Pero hoy no toca abordar ese tema, sino que vamos a invertir el punto de vista, centrándose en lo que pasó en lo que antaño fueron las metrópolis. Previo a la lucha por la descolonización se dio el evento central del siglo XX, el parteaguas por excelencia de nuestro presente, la heroica pugna de la Segunda Guerra Mundial.

Si tras la Gran Guerra, surgieron las ideas nostálgicas de un Pareto o un Spengler, tras la segunda contienda mundial estas ya habían perdido su sentido y habían sido derrotadas en los campos de batalla europeos y mundiales. Pero los poderosos, esas «élites morales» que no conciben ceder el mando de las «aborregadas» masas, no se rindieron y entregaron sus armas tan fácilmente. Lo que se produjo fue una transmutación, una inversión del paradigma, o en palabras más vulgares, se buscó que «todo cambie para que nada cambiase». A esto se le sumaba el ideal ilustrado acuñado en la gloriosa Europa primaveral del siglo XIX, que defendía que ante la injusticia quedaba instaurado el derecho a la rebelión del pueblo. Pero en ninguna parte se especificaba si esa rebelión debería ser real o podía ser una simulación, una prestidigitación, y a ese subterfugio se agarraron esas «élites morales».

Además los cimientos estaban echados, ya que tras la fracasada revolución alemana y al calor de la decadente República de Weimar, fue financiado por Félix Weil el Instituto de Investigación Social, conocido coloquialmente como Escuela de Frankfurt. Fueron los fundadores de la misma quienes comenzaron a edificar las teorías que posteriormente se impondrían en la posguerra europea. Estas teorías estaban coronadas por la idea de que los trabajadores ya no estaban interesados en la revolución. Los trabajadores ahora tenían coche y no habitaban en ambientes insalubres como los descritos por Engels en La situación de la clase obrera en Inglaterra. De nuevo se nos volvía a presentar la idea del desprecio a las masas, pero esta no venía complementada por la idea de la necesidad de una “aristocracia del espíritu”, como defendió Ortega y Gasset.

En este caso se comenzará a sacar a la palestra a las verdaderas «minorías oprimidas». Estos serán los locos, los inmigrantes, las mujeres… En fin, todos aquellos grupos que, si bien habían sufrido agravios a lo largo de la historia, eran debido a lo rudimentario del sistema productivo (caso de las mujeres) o a su dificultad en su inserción en ese mismo sistema (caso de personas con problemas mentales, o de las etnias marginadas socialmente). Así indirectamente lo que se conseguía no era «empoderar» a esas minorías –ya que por su heterogeneidad es imposible que se cohesionen y actúen como un grupo social homogéneo– sino que se demonizaba a las masas trabajadoras, tanto al padre de familia, ese diabólico «hombre blanco hetero», como a la mujer que buscaba su lugar en la sociedad en base a sus méritos y capacidades, huyendo de la victimización y los cupos.

Si en el pasado fue el rancio abolengo o su «aristocracia de espíritu», el argumento que se esgrimía ahora para colocar a estas minorías en el foco de la problemática histórica era la superioridad moral de las mismas. Los negros habrían sufrido la vejación de los blancos, las mujeres de los hombres, los homosexuales de los heterosexuales… esto les otorgaba la credencial de «he sufrido a manos de X, por lo tanto soy un ser de luz».

Por todo esto no nos podemos engañar, todo lo ocurrido en Europa desde el 68 no es una genuina y heroica «rebelión de las masas», sino un intento por mantener en su lugar a las mismas poderosas minorías de siempre.

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