Podemos estar de acuerdo con que hace mucho tiempo que el periodismo de verdad ha muerto. La credibilidad en general del periodismo trasciende mucho más allá de estos escenarios. Y la enésima evidencia de esta decadencia la hemos observado recientemente con el caso de la cobertura de los acontecimientos en Siria.
Desde este medio hemos tratado de ofrecer una cobertura semanal sobre lo que ocurría en la «nueva Siria», desde la caída del régimen de Al Assad. Ya en la primera semana se reportaban, a través de fuentes abiertas en el terreno, asesinatos de minorías étnicas como los alauitas. Mientras tanto, en los medios generalistas se nos presentaban las cárceles sirias como campos de exterminio nazi. La realidad era otra: la mayoría de los internos en esas cárceles eran islamistas no reinsertables. Por su fanatismo y los delitos cometidos, la prisión perpetua parecía incluso una medida de misericordia. Esto no justifica toda la represión del régimen de Assad. Pero debemos entender que era el único Estado que resistía la deriva islamista extrema. Aún conservaba su carácter aconfesional. Aunque es cierto que Irán, a través de Hezbolá y su fantasmagórico Frente de la Resistencia, influyó mucho en la Siria posterior a la primavera árabe.
Cada vez se confirma más el dicho: quien con islamistas se acuesta, con la Sharía se levanta.
No pasó una sola semana sin que se reportaran, en fuentes abiertas, numerosos asesinatos extrajudiciales en las calles de Siria. Incluso periodistas afines a la agenda islamista, como Charles Lister, tuvieron que admitir que la violencia sectaria aumentaba cada vez más en la nueva Siria. Entonces ocurrieron los sucesos de Tartus y Latakia. Se vendieron como un alzamiento criminal de los últimos seguidores de Assad. Pero la realidad era otra: la unidad del Escudo Costero se creó después de la llegada de HTS al poder, pero antes de su alzamiento armado.
Debemos ser rotundos. Lo que ocurrió estas semanas en Siria no fue un intento de restaurar una tiranía baazista. Fue el alzamiento de una minoría étnica que estaba siendo masacrada día tras día en nombre del takfirismo islamista. Es decir, sunitas acusando a los alauitas de ser una secta infiel que debía ser erradicada por el bien de la Umma. Los números, en este caso, no fallan. En las regiones costeras, los muertos del alzamiento alauita fueron funcionarios islamistas. Muchos eran mercenarios extranjeros. Pero cuando HTS llamó a «aplastar la rebelión pro-Assad», las víctimas fueron alauitas. Entre ellos había muchas mujeres y niños indefensos. Eso es lo que los medios han ocultado: una limpieza étnica en toda regla.
Casualmente, la mayor matanza de civiles desde la caída de Assad se produjo justo cuando la Unión Europea certificaba que los nuevos gobernantes islamistas de Damasco eran «inclusivos». Mientras tanto, el Observatorio Sirio de Derechos Humanos seguía con su labor bochornosa. Solo se citaba en los medios estos días, no cuando pedía destruir Siria en nombre de la democracia. Además, en nuestras coberturas también dimos espacio a la situación de los kurdos. Informamos sobre los rumores de negociación con HTS, así como de los ataques turcos, especialmente en la zona de Mambij y la presa de Tishreen. La sorpresa ha sido la firma de un acuerdo de integración de las FDS con los gobernantes sirios.
Este acuerdo resulta irracional. Turquía promueve al Ejército Nacional Sirio, que a su vez es aliado principal del HTS. Con la caída de Assad, los turcos controlan de facto todo el este del Éufrates. Y en el oeste, tanto drusos como alauitas han confirmado que solo la secesión de Damasco garantiza su supervivencia.
El acuerdo supuestamente respeta cierta autonomía y concesiones culturales. Pero sigue siendo muy desventajoso para los kurdos, ya que permite la entrada libre de los aliados de Turquía en su territorio. Quizá la única explicación esté en la reciente claudicación del PKK turco. Sin embargo, las FDS, aunque prokurdas, son una entidad distinta. Y los factores objetivos favorecían más una secesión y la resistencia que este acuerdo actual.