jueves, junio 13, 2024

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Relatos proletarios de un enfermero

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Hoy, martes 4 de julio, tras las 48 horas de guardia del fin de semana en Cifuentes, vuelvo al centro de salud que ha sido mi casa los últimos años, Sigüenza.

Llego a las ocho menos cuarto para dar el cambio a mi compañera. Para mi sorpresa me encuentro con María, una andaluza risueña que también dobla el lomo en una residencia de ancianos a 40 kilómetros de aquí, mientras salta de contrato en contrato en la sanidad pública, sin poder negarse a aceptar el contrato de corta duración por miedo a que el teléfono no vuelva a sonar, o peor, te sancionen y te pases 18 meses a la “sombra”. Yo hoy vengo a cubrir el puesto de Carmela, recién jubilada. Un puesto que tanto María, David y yo, todos suplentes que vivimos por la región, estaríamos encantados de cubrir. Pero la Bolsa, tras realizar cien llamadas a posibles candidatos y ser rechazadas las mismas veces, se sigue perdiendo en gestiones burocráticas y no solucionamos la cuestión. Mientras, las compañeras que están en plantilla se chupan 140 km de carretera diarios, y pronto pedirán traslado cerca de su domicilio, como es lógico y normal. Movilidad interna lo llaman los de arriba, movilidad geográfica y pérdida de recursos lo entiendo yo.

De camino a la que hoy será mi consulta, me encuentro con la sonrisa blanca de Assane, un negro joven y fornido que hace dos días tuvo su primer hijo. Me acerco y, tras un apretón de manos seco y un abrazo cálido, le felicito y continúo hacia las escaleras.

Compruebo que tengo tiempo antes del primer paciente y decido bajar a la sala de estar a tomar mi segundo café, soy un hombre precavido. Antes de cruzar la puerta ya puedo notar el aroma tostado y cálido que emana desde la cocina. Aitana, enfermera del equipo, ya tiene dispuestas dos cafeteras italianas grandes colmadas del líquido marrón. Sentado en la mesa me encuentro con un médico al que no conozco, de tez oscura y nariz achatada, pelo denso y canoso, cortado a cepillo. Se llama Ezequiel, y por su acento diría que es colombiano y viene directamente de hacer 24 horas de guardia en Atienza. La segunda y última médico que hoy estará en plantilla para atender a 20000 personas es Leisha, una dominicana bajita y alegre, sin la residencia hecha, que se acaba de incorporar al Centro para ayudar a suplir la carencia de personal. Tiene poca experiencia pero mucha voluntad, se implica con los pacientes y no le da vergüenza preguntar lo que desconoce.

La mesa, cubierta de tazas y con más dulces que fruta, se termina de llenar con la conversación que ha puesto sobre la mesa Ezequiel.

–Escucha, Aitana, no podemos permitir que masas ingentes de personas, sin conocer sus antecedentes, entren y paseen libremente por vuestro país, por nuestro país –termina corrigiéndose Ezequiel.

–Pero tú eres inmigrante, ¿cómo puedes estar diciendo esto?

–¿Sabes que soy colombiano, verdad?, ¿sabes también lo que haría yo con todos mis compatriotas que son delincuentes aquí? No dejé mi familia y mi tierra atrás, huyendo de la muerte, donde una vida vale una bala, para ver como España, este país que tanto me acoge y que tanto he llegado a amar, se convierta…

Suena el teléfono interrumpiendo al doctor. Aunque me gustaría seguir escuchando la conversación me debo a mis responsabilidades.

–Buenos días. Soy Daniel Faura, enfermero del Centro de Salud de Sigüenza, ¿qué puedo hacer por usted? –respondo a la llamada.

–Hola, aquí el 112. Les comunico un Código Uno. La UVI ya está en camino.

Anoto los datos de la paciente, informo a Leisha, cojo las llaves del coche, los maletines y el desfibrilador. En apenas tres minutos nos encontramos saliendo de Sigüenza. Conduzco yo, que me conozco la carretera, no voy rápido en exceso, pero en este negocio el tiempo es vida, así que le aprieto en las rectas.

Ya en la casa de la paciente, entre risas y miradas cómplices, me atienden el marido y la hija. Me explican que Esmeralda se está ahogando. Al entrar al salón, me encuentro a la mujer hiperventilando, sufriendo un ataque de ansiedad. Con mirada rapaz encuentro una bolsa de plástico con la que le cubro la boca y en menos de un minuto el ritmo de su respiración recobra la normalidad. Retiro la bolsa y suelto su nuca para liberarla de mi sumisión. Tras comprobar sus constantes y ver que se encuentra bien, enfilo el pasillo a la salida justo cuando entran los compañeros de la UVI móvil.

–Caso resuelto chicos. Han vuelto a movilizar la artillería pesada para nada.

El primer técnico me sonríe a la vez que me da una palmada en la espalda cuando paso a su lado. Salgo de la casa con una sonrisa maliciosa.

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