La política internacional vuelve a confirmar una realidad incómoda: la presión y la amenaza siguen dando rédito cuando quien las ejerce es Estados Unidos. El último episodio lo protagoniza Donald Trump, que ha logrado reconducir la tensión con Europa en torno a Groenlandia tras semanas de advertencias comerciales y un pulso directo a sus aliados de la OTAN.
El conflicto se gestó cuando Trump volvió a situar el Ártico en el centro de su agenda estratégica. Groenlandia, clave por su posición geográfica y sus recursos naturales, fue presentada como una cuestión de <<seguridad nacional>> frente al avance de Rusia y China en la región. Para forzar un cambio de postura entre sus socios europeos, el expresidente no dudó en recurrir a su herramienta favorita: la amenaza de aranceles masivos a productos europeos.
Durante días, el mensaje fue claro: o se aceptaba un nuevo marco de cooperación liderado por Washington o habría represalias económicas. La escalada elevó la tensión política y generó inquietud en los mercados, evidenciando una vez más la fragilidad del equilibrio transatlántico cuando Estados Unidos decide actuar unilateralmente.
El giro llegó en el Foro Económico Mundial de Davos, donde Trump anunció un <<principio de acuerdo>> con la OTAN que, según su relato, garantiza una mayor implicación aliada en la seguridad del Ártico. Tras el entendimiento, las amenazas comerciales quedaron en suspenso. El mensaje implícito fue difícil de ignorar: la intimidación había funcionado.
Conviene matizar, además, en qué consiste exactamente ese supuesto <<acuerdo>>. No se trata de un tratado firmado ni de un pacto jurídico cerrado, sino de un marco político preliminar para reforzar la cooperación en la región ártica. El entendimiento incluiría una mayor coordinación militar, facilidades para la presencia estadounidense en infraestructuras ya existentes en Groenlandia y una estrategia común frente a Rusia y China. A cambio, Trump ha retirado, al menos de momento, su amenaza de imponer aranceles. No hay cesión formal de soberanía ni cambios legales, pero sí una concesión política clara: la OTAN acepta moverse bajo presión.
Desde Europa, el tono fue mucho más prudente. Dinamarca, que mantiene la soberanía sobre Groenlandia, se apresuró a subrayar que ningún acuerdo cuestiona su autoridad ni la capacidad de decisión del propio territorio groenlandés. Aun así, el episodio deja una sensación inquietante: la negociación no partió de la cooperación, sino del chantaje económico.
Este nuevo capítulo encaja perfectamente en el patrón conocido como el método Trump: crear una crisis, elevar la amenaza al máximo y ofrecer después una salida presentada como victoria diplomática. Por ello, más allá del acuerdo concreto, la lección es clara. El matonismo vuelve a consolidarse como herramienta eficaz en las relaciones internacionales, normalizando un estilo de liderazgo que sustituye el consenso por la presión y que deja a Europa, una vez más, reaccionando en lugar de marcando la agenda. El Ártico es hoy el escenario; mañana puede ser cualquier otro.