La política española vuelve a dejarnos una escena difícil de explicar sin caer en la contradicción. El responsable de comunicación de Vox, Álvaro Zancajo, ocupa también un puesto en el Consejo de Administración de la RTVA, el ente público que gestiona Canal Sur, al que accedió a propuesta de su propio partido y por el que percibe una retribución. La situación ha sido cuestionada por trabajadores de la cadena, que han señalado una posible incompatibilidad, aunque hasta el momento no existe una resolución que la declare ilegal.
El problema no es solo jurídico, sino político. Vox ha construido buena parte de su discurso atacando el gasto público y señalando a las televisiones autonómicas como estructuras prescindibles que deberían desaparecer o reducirse de forma drástica. Canal Sur ha sido uno de esos ejemplos recurrentes. Sin embargo, mientras ese mensaje se mantiene en público, uno de sus cargos más relevantes participa en el órgano de dirección del propio ente y percibe una remuneración procedente de él. Una contradicción en toda regla.
No se trata de una cuestión aislada ni exclusiva de Vox, sino de una lógica que atraviesa todo el sistema político. Derecha e izquierda no buscan realmente eliminar las televisiones públicas, sino controlarlas, ya que son herramientas con una enorme capacidad para influir en la opinión pública, fijar marcos de interpretación y difundir una determinada visión ideológica. Además, permiten situar perfiles afines en posiciones estratégicas que, en muchos casos, van acompañadas de retribuciones con dinero público.
En este caso concreto, la polémica surge porque el reglamento interno de la RTVA establece condiciones que, según algunos trabajadores, podrían entrar en conflicto con el desempeño simultáneo de otras responsabilidades. Por lo tanto, será necesario en este asunto que se aclare si esa compatibilidad es conforme a la normativa o no, pero mientras tanto, lo que sí queda claro es el contraste entre el discurso político de Vox y la práctica.
El resultado de este caso es una imagen que cada vez resulta más reconocible para los ciudadanos, partidos que critican el gasto público cuando están fuera de las instituciones, pero que no dudan en participar de él cuando tienen la oportunidad. Vox, que se presenta como alternativa a ese modelo, termina reproduciendo dinámicas que decía combatir. Y ahí es donde el discurso pierde fuerza, porque cuando llega el momento de elegir entre coherencia y conveniencia, la distancia entre lo que se dice y lo que se hace vuelve a hacerse evidente.