lunes, julio 22, 2024

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Asalto a la infancia

De los creadores de las infancias trans y el consentimiento infantil, llegan los «drag queen cuentacuentos»

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Llegó la hora. La de los drag queens performando delante de críos. No podíamos quedarnos sin importar cada una de las modas más degeneradas del otro lado del charco. Lo que en EEUU causó furor y horror a partes iguales ahora estará a vuestra disposición en Alcorcón, de la mano del ayuntamiento. Acérquense. Todos son bienvenidos en el Orgullo en Familia. Háganlo con sus críos. Sí, los de tres años también. ¿Cómo negar a los queridos drag queen el derecho a performar delante de sus hijos?

Desde hace unas décadas, y especialmente en esta última, lo sexual ha encontrado numerosas formas de acercarse a la infancia. Por un lado, pornografía y escenas explícitas en el contenido multimedia –con y sin el preaviso correspondiente. Pero no seamos ingenuos, todos hemos tenido experiencias voluntarias o involuntarias en televisión, de esas que cuando sonaba la bocina de +18 tu padre tenía que decidir entre quitar la emisión, mandarte a la cama o pasarse la película entera tapándote los ojos. No hablo de eso. Hablo del contenido que los niños consumen en redes sociales y en plataformas online. De esto ya conocen ustedes bastante. Respecto a la música… no tengo nada más que decirles. Todos los hits son terriblemente explícitos y los escuchamos todos. Los niños tienen orejas igual que nosotros, y si pica la curiosidad, ya recurrirán a las plataformas mencionadas para disipar dudas. A ellas, o a la oportuna «charla de orientación sexual» de la que desconocemos los responsables y contenidos.

Por otro lado, y aprovecho el mes del orgullo para meterme en este berenjenal, el colectivo LGTB (I,Q,+,2S… ¿me dejo algo?) se ha hecho extensible a la infancia. Aquí quiero ser preciso. Tal y como se concibe lo «LGTB» hoy, lo sexual es indivisible de lo afectivo, y el colectivo está sexualizado hasta la extenuación. Si no me creen, les invito a que acudan a alguna de las marchas que se celebran este mes de junio. Unas marchas en las que caben, ahora también, los niños. Junto con los hombres desnudos y ligeramente cubiertos por un retal. Junto al bloque de los fetichistas del cuero, pero después de los fetichistas «furros». Ahí, en la ensalada de lo más degenerado y estridente, caben sus hijos. Eso dicen.

Esto no es un alegato en contra de las personas homosexuales, bisexuales… Muchos de ellos también son padres, y me complace saber que no llevarían a sus hijos a un lugar donde se reproducen estas escenas. Porque bajo el «love is love» se tapan en estos contextos cosas que, en otras circunstancias, no permitiríamos, y menos delante de niños.  Esto es una llamada de atención al «colectivo». Están tocando muchas de las teclas equivocadas, y con estos temas tan delicados, es fácil provocar un rechazo masivo. Y pagarán justos por pecadores.

Finalmente podemos hablar de drag. La estereotipada imagen de un drag queen no cuadra en contextos infantiles. Una modalidad performativa basada en la burla hacia lo que es ser una mujer, la exageración de su sexualidad y su atuendo, los bailes sugerentes y las constantes referencias al sexo no podría tener cabida entre los niños. Aunque el drag queen se vista de cuentacuentos, drag queen se queda. Y esto es algo que algunos parecen no querer entender. Empezando por los propios performadores, que parecen tener una pulsión incontrolable, un derecho inalienable a performar delante de los hijos de otros. Pero en esta ecuación no me preocupan ellos, al menos, no tanto. Me preocupan los organizadores. Esos que, por miedo a la represalia en el mes «de culto», por connivencia deliberada con todo esto, o por falta de profesionalidad, no han parado cuando han visto «drag queen» y «de 3 a 11 años» juntos en la misma propuesta. No sé si en Alcorcón no queda nadie con un mínimo de sensatez o todos han sucumbido al discurso de «es mi derecho a performar delante de críos».

Tenemos una insana manía por importar lo peor. En los colegios, los feligreses de la ideología LGTB están cambiando de sexo a los niños con el desconocimiento de los padres. En un tándem diabólico con el mundo digital, explotan las inseguridades de los niños, les condicionan y juegan con la mente de los niños en las edades y situaciones más complicadas. Poco a poco les introducen en la particular visión del género del activista promedio: performativa, transgresora, líquida. En las redes, los niños son invitados a exhibirse para obtener visitas. En las bibliotecas y librerías se comparte material explícito dirigido a menores de edad. Ministras y alcaldesas hablan de «consentimiento» y «derecho a tener relaciones íntimas» en la infancia. Queridas instituciones, plataformas multimedia, políticos y colectivos de activistas: dejad a los críos en paz.

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