29 de agosto de 2025

La estadística europea ha encendido una...

Cuando las persianas bajan: menos competencia, más explotación

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La estadística europea ha encendido una luz roja: en los últimos años, en la Unión Europea, el número de empresas creadas ha sido sistemáticamente inferior al de las que desaparecen. El gráfico de Eurostat adjunto lo muestra con claridad. Entre 2018 y 2024, por cada diez empresas que cerraron solo se abrieron unas ocho. El resultado es evidente: el tejido empresarial europeo tiende a decrecer.

Figura 1: Evolución de altas y quiebras de empresas en la UE (2018-2024). Fuente: Eurostat.

Solo durante la pandemia se dio un paréntesis, cuando la creación y destrucción de empresas se movieron casi al unísono. Pero se trató de un periodo excepcional, con una economía en hibernación parcial. Una vez pasada esa fase, la dinámica volvió a dejar ver su tendencia de fondo: más cierres que aperturas.

¿Por qué es relevante este saldo negativo? Porque menos empresas significa menos competencia y, por tanto, más poder de mercado para las empresas que quedan. Esa situación facilita un fenómeno que la teoría económica denomina explotación de Pigou-Robinson.

El mecanismo es claro: en la situación ideal de competencia perfecta a cada factor de la producción se le paga el valor de su producto marginal. Pero cuando las empresas concentran poder, ya sea como monopolios (lo que da poder para vender más caro) o monopsonios (lo que da poder para comprar trabajo más barato), los salarios caen por debajo del valor de lo que los trabajadores producen. La brecha resultante no es retórica, sino un hecho económico: parte del valor creado por el trabajador se transfiere a los márgenes empresariales.

Estudios recientes sitúan esa explotación en niveles muy significativos: para remunerar lo que producen los trabajadores, el salario medio debería ser entre un 30 % y un 60 % más alto que el actual.

La consecuencia de esta tendencia es clara: con menos actores en juego, las empresas que sobreviven tienen más margen para fijar precios y condiciones laborales. La estadística de Eurostat no señala causas únicas —pueden influir energía, crédito o tipos de interés—, pero sí evidencia un desenlace: con cada cierre de empresas, crece la capacidad de las corporaciones dominantes para explotar a quienes trabajan.

La respuesta no pasa solo por confiar en la resiliencia del mercado. Hace falta reforzar la competencia real, aplicar vigilancia antimonopolio y antimonopsonio, impulsar la negociación colectiva que devuelva poder de negociación a los trabajadores y, sobre todo, apostar por la nacionalización de los sectores estratégicos, en los que la competencia es menor.

Cada empresa que desaparece sin relevo no es solo una tragedia individual: es otro paso hacia una economía más concentrada, con menos competencia y más explotación. El gráfico de Eurostat lo deja claro: en Europa, cada vez hay menos empresas, y ese declive silencioso se traduce en un terreno fértil para que el capitalismo despliegue con toda su crudeza lo que mejor sabe hacer: exprimir al trabajador.