11 de septiembre de 2026

Estonia se consolida como el sistema educativo con mejores resultados de Europa en el último informe PISA

Estonia a la cabeza de Europa en Eduación .
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El país báltico encabeza la educación europea con un modelo público que combina transmisión del conocimiento, exigencia académica, clases reducidas, autonomía docente y nuevas tecnologías.

 

Mientras buena parte de Europa sigue dándole vueltas a cómo mejorar sus resultados educativos, Estonia confirma una trayectoria que viene de lejos. Este pequeño país báltico, de apenas 1,4 millones de habitantes, lleva años instalado entre los mejores sistemas educativos del continente y el último informe PISA vuelve a colocarlo a la cabeza: 527 puntos en Ciencias, 508 en Matemáticas y 499 en Lectura. Es primero de Europa en las dos primeras materias y segundo, únicamente por detrás de Irlanda, en comprensión lectora.

Y hay algo que hace especialmente interesante el caso estonio: estos resultados se consiguen a través de un sistema educativo público y sin dejar atrás a una parte importante de los alumnos. El 90% alcanza al menos el nivel básico en Ciencias, frente al 74% de media de la OCDE; en Matemáticas lo hace el 83%, frente al 65%, y en Lectura otro 83%, frente al 69%.

La pregunta parece inevitable: ¿qué están haciendo en Estonia que no se está haciendo en otros países europeos?

Para empezar, sus aulas son más pequeñas. En Primaria hay una media de 18,4 alumnos por clase y en los primeros cursos de Secundaria alrededor de 19, mientras que las medias de la OCDE rondan los 21 y 23 respectivamente. No parece un detalle menor. Con menos alumnos, el profesor tiene más posibilidades de detectar quién se está quedando atrás, atender las dificultades de cada estudiante y conseguir que la clase avance sin abandonar por el camino a quienes necesitan más ayuda.

Pero el secreto de Estonia tampoco consiste simplemente en meter menos niños en cada aula. La escuela está pensada, ante todo, para que los alumnos aprendan. Existe un currículo nacional que determina qué conocimientos, habilidades y competencias deben adquirir y, a partir de ahí, se busca que sean capaces de utilizar lo aprendido. Es decir, Estonia no ha tenido que elegir entre enseñar conocimientos o desarrollar competencias: hace las dos cosas.

Tampoco parece haberse desterrado una palabra que durante años ha provocado bastante discusión en el debate educativo: esfuerzo. El 83% de los estudiantes estonios considera que la inteligencia puede desarrollarse mediante el trabajo, el esfuerzo y la corrección de los errores, frente al 69% de media de la OCDE. Además, seis de cada diez aseguran que se esfuerzan más cuando una tarea se complica.

Los profesores, por su parte, disponen de bastante autonomía. El Estado marca qué deben aprender los alumnos y cuáles son los objetivos comunes, pero deja margen al docente para decidir cómo llegar hasta ellos y qué materiales utilizar. Y aquí aparece un problema que conocen bien los profesores españoles: la burocracia. Según TALIS 2024, el 64% de los profesores españoles de Secundaria inferior considera el exceso de trabajo administrativo una fuente importante de estrés y el tiempo dedicado a estas tareas ha aumentado respecto a 2018. Cada hora dedicada a rellenar documentos y cumplir trámites innecesarios es tiempo y energía que se resta a preparar las clases, corregir o atender a los alumnos. Dar autonomía al profesor también debería significar permitirle concentrarse en lo verdaderamente importante: enseñar.

Y luego está la tecnología. Estonia, uno de los países más digitalizados de Europa, lleva años incorporándola a la educación y ahora también está experimentando con la inteligencia artificial. Pero modernizar la escuela no ha significado prescindir del profesor ni sustituir los conocimientos por una pantalla. De hecho, el país también está tomando medidas frente a las distracciones provocadas por los teléfonos móviles.

No todo funciona a la perfección. Estonia ha retrocedido en comprensión lectora y tiene problemas para cubrir determinadas plazas docentes. Aun así, su experiencia rompe con una falsa elección que aparece una y otra vez en el debate educativo español: no hay que escoger entre una escuela moderna y una escuela exigente.

Estonia demuestra que una educación pública puede estar entre las mejores del mundo utilizando las nuevas tecnologías y dando autonomía a sus profesores, pero también con aulas menos masificadas y sin perder de vista algo bastante elemental: a la escuela se va, sobre todo, a aprender.