jueves, abril 18, 2024

La cultura española, a merced de Hollywood

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En España estamos ya acostumbrados a que las películas estadounidenses dominen la taquilla nacional. Los mejores resultados de los últimos años llegaron en 2020, quizás por la situación excepcional de la pandemia y el estado de alarma. Tres películas españolas entraron en el Top 10 de las más taquilleras del país. Pero este 2023, si la cosa no cambia, ni siquiera tendremos una producción nacional en este podio. Mientras que la muy ideologizada Barbie consigue el primer puesto con más de cinco millones de espectadores y de treinta millones de euros, no encontramos ninguna película española hasta descender al undécimo puesto con Campeonex, que no llega ni a una tercera parte de la recaudación de la primera.

Las diez películas con más éxito son todas norteamericanas (si bien una es en coproducción con China). Y no es, aunque nos lo parezca en este lado del mundo, por ser Estados Unidos el país que más películas estrena del mundo. La India y China producen más largometrajes todos los años, y Japón y Corea del Sur tampoco andan muy lejos. Sin embargo, a diferencia de estos países, que ejercen políticas activas para proteger la industria cultural nacional y sacan provecho de su tradición cultural, la hegemonía del cine yanqui en España es abrumadora, y por tanto también su influencia ideológica.

Las medidas tomadas supuestamente para proteger la industria cinematográfica española de esta invasión cultural son bastante discutibles. Por ejemplo, si echamos un vistazo a qué empresas aprovechan las deducciones fiscales que trae rodar en España, una de las grandes apuestas culturales del gobierno de Pedro Sánchez, el 85% de las producciones que acceden a ellas son extranjeras (60,1 millones de euros para estas, y 10,5 para las españolas).

En otro tipo de ayudas, como las de fomento a la proyección en salas, las subvenciones se reservan para aquellas salas en las que una de cada cuatro películas sea europea. La única prioridad para el cine español, respecto al de otros países de la UE, es que cuentan como dos las que están grabadas en castellano u otra lengua cooficial en España, independientemente de que sean producciones nacionales o no .

Y respecto a las plataformas de streaming, que poco a poco van arrebatando producciones y mercado a los cines, la Ley Audiovisual va por el mismo camino: solo decreta que el treinta por ciento del catálogo esté dedicado a producciones europeas, y de estas se reserva solo la mitad para obras en castellano o lenguas cooficiales. Es decir, solo el 15% deben ser obras europeas en lenguas españolas, y, como en el anterior caso, ni siquiera necesitan ser producciones nacionales (pues obligar a esto rompería con las leyes comunitarias de «libre competencia»).

Así, si el cine español fracasa de esta manera frente al estadounidense, incluso dentro de nuestras fronteras, no es por una especie de suerte o talento natural de los norteamericanos que hace que las películas de Hollywood sean mejores, sino por una serie de políticas que perjudican a las nuestras. Otros escándalos del cine español implican la gestión de las subvenciones, en las que priman las cuotas de género al rendimiento en taquilla. En general, nos encontramos tres trabas a nuestro cine: En primer lugar, una política comunitaria que no permite dar prioridad al cine nacional frente al extranjero. A esto le sigue una política estatal análoga a la de la turistificación, que busca convertir los paisajes españoles en escenarios de producciones extranjeras. Finalmente una política al respecto de los canales en streaming, probablemente el verdadero futuro del cine, que no solo es excesivamente permisiva con sus deberes impositivos (como ya se sabe desde hace años), sino que tampoco pide casi nada a cambio de permitirles ofrecer sus servicios.

De todas maneras, el cine es solo un buen ejemplo de cómo nos estamos dejando arrastrar a un auténtico proceso de sustitución cultural. Podríamos analizar de la misma forma otras muchas expresiones artísticas e incluso académicas, y mostrar que la política pone en todas ellas los intereses de la industria extranjera por encima del fomento de la cultura propia. Si sacamos el cine a colación es porque resulta el más llamativo, o por lo menos el más evidente, en el que se ve con prístina claridad cómo la cultura norteamericana se va infiltrando para convertir España en un pequeño Estados Unidos de marca blanca. Cosa que no se debe, como acabamos de mostrar, a una suerte de selección natural que haría superiores los productos yanquis, sino a que las políticas existentes lo facilitan, especialmente desde que durante la dictadura comenzó un proceso de vender España a los intereses atlantistas. Y aunque el proceso puede parecer lento, no hay que ser ni mucho menos un anciano para haber visto el continuo desvanecimiento de las fiestas, tradiciones y rasgos propios de la cultura nacional en favor de una homogeneización con la que nos diluimos en la cultura dominante. Un millennial ha podido contemplar a lo largo de su vida, por poner unos pocos ejemplos, la sustitución de los Reyes Magos por Papá Noel, el extraordinario aumento de la popularidad de Halloween (fiesta que nos era absolutamente ajena), o la importancia que se da actualmente a las ceremonias de graduación en casi todas las etapas de la educación… Todos estos son cambios que no podrían explicarse de ninguna manera si no es, respectivamente, por la influencia de las películas norteamericanas de Navidad, las de terror y las comedias adolescentes, entre otros vectores culturales. Y es que los audiovisuales son un ejemplo clarísimo de cómo se conforma nuestra ideología, nuestra visión de cómo es y cómo debe ser el mundo.

Por supuesto, si al elemento cinematográfico unimos la sinergia que se produce al darse el mismo fenómeno con la moda, la música, la literatura o incluso con las revistas de investigación científica, o los modelos de partido y campaña electoral, tenemos una sociedad que pierde por completo sus raíces, no ya sólo en elementos que (desde una perspectiva ingenua) podrían considerarse meramente estéticos, como pueda ser celebrar una u otra fiesta, sino que hay otros de gran profundidad y repercusión social. A fuerza de repetición de historias en las que solo los deseos individuales y el éxito importan («cumplir el sueño americano»), y los lazos tan importantes como la familia son obstáculos para su cumplimiento, nos vuelven más egoístas, y más consumistas. Incluso nos hacen pensar aquello, tan norteamericano, de que cada uno tiene su verdad, y por ello todo vale para satisfacer nuestras apetencias. Un nihilismo en el que lo único sagrado que queda son las necesidades que podemos satisfacer comprando.

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