Lejos del relato oficial, la economía real en Argentina sigue sin mostrar signos de recuperación. El consumo permanece bajo presión, las familias reducen gastos y el recurso al endeudamiento se consolida como mecanismo de supervivencia. Mientras el Gobierno de Javier Milei pone el foco en algunos indicadores macroeconómicos como prueba de estabilización, la vida cotidiana continúa marcada por la pérdida de poder adquisitivo y la incertidumbre.
El primer síntoma es evidente: el consumo no reacciona. Los datos más recientes confirman este estancamiento. En diciembre de 2025, el consumo masivo cayó un 0,3 % interanual en volumen, según la consultora Scentia. Las ventas en supermercados retrocedieron un 4 % en ese mismo mes y cerraron el año con una caída acumulada del 5,2 % respecto a 2024. En el canal mayorista, las ventas bajaron un 0,5 % en diciembre y alrededor de un 5 % en el conjunto del año. El comercio online mostró cierto crecimiento, pero representa menos del 5 % del total y no alcanza para compensar el retroceso del consumo tradicional. Pese a la desaceleración de la inflación y al discurso oficial sobre el “ordenamiento” de la economía, los hogares no perciben una mejora tangible.
El segundo dato resulta todavía más preocupante: el aumento de la deuda privada y de la morosidad. Los gráficos difundidos por la RedMMT España, a partir del análisis de Stuart Medina Miltimore, muestran un deterioro claro en la capacidad de pago de las familias. El repunte es especialmente intenso en tarjetas de crédito y préstamos personales, que alcanzan niveles no vistos desde los momentos más duros de la pandemia, mientras que la morosidad hipotecaria se mantiene relativamente contenida.
El gráfico ilustra con claridad este fenómeno: la ratio de irregularidad del crédito a las familias se dispara en los últimos meses, con un crecimiento muy acusado en tarjetas de crédito y préstamos personales. Esta evolución refleja que muchas familias están recurriendo al endeudamiento para sostener el consumo corriente y comienzan a tener crecientes dificultades para cumplir con sus obligaciones financieras. No se trata de un problema puntual, sino de una señal de estrés estructural en la economía doméstica.
La evolución de la morosidad confirma que el ajuste no se queda en las estadísticas, sino que impacta directamente en la vida diaria. Más deuda privada y más impagos significan menos margen para consumir y una mayor vulnerabilidad económica para miles de hogares.
El tercer indicador completa el cuadro. La actividad industrial cayó un 3,5 % interanual en diciembre, según datos de la Unión Industrial Argentina recogidos por Infobae. La contracción del sector productivo implica menos empleo, menos horas trabajadas y menores ingresos futuros. Lejos de actuar como motor de la recuperación, la industria acompaña la desaceleración general de la economía.
En conjunto, más deuda privada, consumo estancado y caída industrial dibujan una misma realidad: la macroeconomía puede mostrar ciertos equilibrios, pero la microeconomía sigue profundamente dañada. La estabilidad financiera, por sí sola, no está llegando a los hogares.
La pregunta de fondo es inevitable: ¿puede una estrategia centrada casi exclusivamente en el ajuste y el orden fiscal generar bienestar real? Por ahora, los datos apuntan en otra dirección. La economía de Milei no termina de llegar a las familias y, mientras eso no cambie, cualquier relato de recuperación seguirá sonando lejano para la mayoría de la sociedad argentina.