jueves, febrero 29, 2024

La literatura como negocio o como cultura

La industria del libro se reparte entre tres grandes multinacionales, que son las que determinan qué se publica y qué se lee

Cada día se publican en España 250 libros. Esto es, más de 90.000 libros al año. De ellos, el 86% no llega a vender ni siquiera cincuenta ejemplares. Y, de media, los libros duran dos meses en las librerías. A continuación desaparecen para siempre y dejan paso a la siguiente novedad.

Que se produzcan tal cantidad de libros no es malo en sí mismo. Por supuesto, hay que animar a los ciudadanos a participar de forma activa en la cultura; a escribir, a componer, a dibujar… en definitiva, a crear. Porque no podemos entender la cultura como un producto de consumo pasivo, el sentarse en el sofá a ver Netflix para evadirnos, para no pensar en nuestras miserias; la cultura ha de ser activa, mover a la acción. Sin embargo, con solo ver estas cifras ya resulta evidente que no se están estableciendo los cauces adecuados, y que una gran cantidad de esta energía creativa se está echando a perder.

Y es que la preocupación institucional por canalizarla es prácticamente nula. Siempre están los premios literarios, esos sí, porque dan grandes titulares, y así los hay a nivel estatal, autonómico y municipal. Esto, de por sí, tampoco tendría que ser malo, pero consiste en dotar de enormes cantidades de dinero a una muy pequeña parte de la literatura producida, y que, por lo general, no es ni de lejos la más popular (recordemos aquella frase de Ken Follet, «Los premios literarios van para escritores que necesitan consuelo porque muy poca gente lee sus libros»). Los premios literarios dados por las instituciones, de hecho, llegan a distorsionar por completo las dinámicas de la literatura en lenguas minoritarias, pues, en lo que respecta a estas, las dotaciones son mucho mayores de lo que poblacionalmente es posible ganar con la venta de una obra. Y así, en estas lenguas, los premios llegan a deformar el mismo sistema literario, por provocar que las obras estén dirigidas a la crítica en vez de al público, a la subvención en vez de a la venta. Y por ello se vuelve una literatura extremadamente lírica en el contenido, correcta en lo político y endogámica en la producción.

Exceptuando estos premios y subvenciones, la política literaria brilla por su ausencia, y se deja que sea el mercado salvaje el que se encargue de su administración. Así, hay tres grandes editoriales que copan el mercado: Planeta (del holding De Agostini, propietario de Atresmedia), Penguin Random House (gran multinacional alemana) y Santillana (del grupo PRISA), tres gigantes que, poco a poco, van comprando o eliminando a las más pequeñas. Los premios de iniciativa privada, entre los que destaca el Planeta (el segundo con mayor dotación del mundo, nada menos que un millón de euros) son en realidad una forma de promoción de las propias editoriales, y no es raro que se premie o quede como finalista algún famoso para conseguir mejores titulares. ¿Es coincidencia que este año le diesen el Planeta a Sonsoles Ónega, presentadora de un programa de Antena 3, y por tanto también propiedad de De Agostini? Podría serlo, quizás, pero ya son muchos críticos literarios los que tildan de escándalo el veredicto. «Maravilla la capacidad de Las hijas de la criada para desescalar hacia abajo y sin límite en el subsuelo de la novela», ha llegado a decir Jordi Gracia García, catedrático de Literatura.

Entre las demás editoriales, entre las pequeñas, se esconden numerosos estafadores que no arriesgan capital ninguno, sino que juegan con la ilusión de los escritores y los empujan a la «co-edición», una forma de autopublicación encubierta y que, en muchas ocasiones, luego se tiene que comer el autor por completo para que no se deshagan de su stock.

Y mientras, las librerías sobreviven como pueden. Agobiadas por la falta de espacio ante tanta novedad, con la incapacidad de hacer descuentos como el gigante norteamericano Amazon, y siendo desplazadas, poco a poco, por grandes cadenas como Fnac (multinacional francesa) o Casa del Libro (también del grupo Planeta). Y es que la misma manera en que ocurre con las grandes productoras cinematográficas, las editoriales se van absorbiendo unas a otras en conglomerados cada vez más grandes, creando un oligopolio en el que, además, se hacen con los canales de distribución. La libertad de expresión se convierte así en un elemento meramente formal, porque, claro, tú puedes escribir lo que quieras, pero los gigantes editoriales pueden decidir qué llegará al gran público y qué tendrá un alcance totalmente marginal. Por otro lado, no es ya solamente que las instituciones políticas permitan este control, es que colaboran a ello de maneras sutiles: Hay, por ejemplo, pequeñas editoriales que a veces se pliegan a la nueva forma de censura, pues el miedo a dejar de recibir subvenciones y contratos, en los que siempre se deja un amplio margen a criterios subjetivos (y, por tanto, arbitrarios), las empuja a no publicar obras demasiado críticas con el poder.

¿Qué hacer con todo esto en contra? ¿Cómo abrir camino a un sistema literario sano entre tanta corrupción? No es nada fácil, pues una editorial independiente no tiene capacidad de sacar gran cantidad de títulos y hacerse un sitio en las librerías, lo que resulta fatal cuando hay que pagar una cuota de autónomos desmesurada. La resistencia, quizás, pasa por crear redes de comunicación, apoyo y puesta en marcha de iniciativas entre pequeñas editoriales, librerías, autores y lectores que no están conformes con la dirección en la que están yendo las cosas, la organización de un contrapoder que cree cauces por los que pueda desarrollarse, o por lo menos sobrevivir, una cultura que no esté al servicio del sistema.

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