La entrega de los premios de la academia del cine español en su edición numero 40 se destacó por falta de ritmo y de química entre sus presentadores
He reducido muy poco (≈10-15%), quitando repeticiones claras, corrigiendo ortografía, gramática y puntuación, y ajustando algunas frases para que fluyan mejor sin cambiar el contenido ni el tono.
El pasado 28 se celebró la gala de los Premios Goya en Barcelona, generando una mezcla de elogios, críticas y polémicas.
El evento fue presentado por el actor Luis Tosar y la cantante Rigoberta Bandini. Registró una audiencia muy alta, con una cifra de 2.396.000 espectadores de media y un 26 % de cuota de pantalla, lo que supone el mejor dato desde 2020.
Las películas que obtuvieron más premios fueron Los domingos y Sirat. Los domingos obtuvo cinco premios en las categorías principales: mejor película, mejor dirección, mejor actriz protagonista, mejor actriz de reparto y mejor guion original. Sirat fue la más premiada en aspectos técnicos, obteniendo galardones en música original, montaje, sonido, dirección de producción, dirección de arte y fotografía. La película Sorda también fue reconocida por su aportación como ópera prima, consiguiendo los premios a mejor dirección novel, mejor actor de reparto y mejor actriz revelación.
La gala se hizo larga y tuvo algunos errores de escaleta reseñables. Según algunas voces críticas parecía poco ensayada o preparada. La ceremonia mantuvo el formato habitual de los últimos años, con una duración aproximada de tres horas y media. Aunque se intentó hacerla más ágil, con intervenciones y agradecimientos más cortos, siguió siendo una ceremonia larga y con ritmo irregular, algo que se ha convertido en una crítica recurrente.
Muchos espectadores coincidieron en que la gala fue lenta, con falta de ritmo y excesiva duración, pese a haber reducido veinte minutos respecto al año anterior. La fecha de celebración además se prestaba a la broma: se habló de una gala “que empezó en febrero y acabó en marzo”.
La presentación de Luis Tosar y Rigoberta Bandini, aunque comenzó potente, fue perdiendo ritmo y evidenció cierta falta de química entre ellos. Sus intervenciones, según parte del público, no aportaban dinamismo.
Rigoberta, además de presentar el evento, tuvo una actuación musical de uno de sus temas más famosos y realizó cuatro cambios de vestuario a lo largo de la gala, lo que tampoco contribuyó a la agilidad.
RTVE recibió quejas por fallos de sonido, planos poco acertados y una retransmisión considerada “poco ágil”. En redes se habló de “una gala difícil de seguir”. En numerosos planos se enfocaba al presidente Pedro Sánchez, que no debería ser el protagonista en esta noche, pero ocupaba el primer plano en repetidas ocasiones.
El guion estaba poco inspirado y lleno de chistes que no funcionaron, con una presentación irregular por parte de los maestros de ceremonias. La realización fue claramente mejorable y en general dejó la sensación de que la gala no estuvo a la altura del 40 aniversario.
También resultó algo cansina la incorporación de varias lenguas. Está bien hacer un gesto a todas las lenguas españolas (castellano, catalán, gallego, euskera), especialmente celebrándose en Barcelona. Sin embargo, en ocasiones aparecían en los discursos de agradecimiento sin traducción o los propios presentadores alternaban idiomas, lo que acentuó la sensación de caos y dificultad para seguir la gala.
Este gesto no fue un detalle menor, sino un elemento central de la puesta en escena y del mensaje político-cultural de la noche. Queda claro que fue una decisión deliberada y simbólica.
Otro aspecto criticado fue el cambio de normas de la Academia en la mecánica de los premios, que generó confusión y malestar entre parte del público.
Un momento que también generó incomodidad, y que muchos consideraron poco coherente con el discurso igualitario de la gala, fue la entrega de los premios a actores y actrices de reparto.
La presentación de Mejor Actriz de Reparto fue extremadamente breve. La categoría se presentó de forma muy rápida, sin introducción elaborada ni contextualización y con un tono casi mecánico. En redes se comentó que parecía “resuelta en veinte segundos”, lo que dio sensación de falta de respeto hacia las nominadas. Muchos espectadores señalaron que la gala dedicó más tiempo a otros bloques menos relevantes.
Sin embargo, la presentación de Mejor Actor de Reparto fue lo contrario: demasiado larga y dispersa. El bloque se alargó con una introducción extensa, comentarios humorísticos que no funcionaron y un ritmo irregular. Se percibió como desproporcionado en comparación con el de las actrices. En redes se habló de “desbalance total” y de que parecía que una categoría importaba más que la otra. La diferencia de duración entre ambas fue tan evidente que provocó indignación inmediata.
Este hecho reforzó la sensación de improvisación y falta de cuidado en el diseño de la escaleta. No fue el único momento en el que se percibió un guion con “momentos desiguales y mal medidos”.
Como suele ocurrir, la gala tuvo un fuerte contenido político reivindicativo, generalmente alineado con la línea ideológica del actual Gobierno, lo que hace que el evento se perciba más como un mitin que como una celebración artística. La política opacó en parte una edición con gran nivel técnico y artístico, propuestas interesantes y nuevos talentos. Una gala que debía celebrar los 40 años de los Goya quedó eclipsada por un discurso político omnipresente.
Entre los momentos más políticos destacó el discurso de Susan Sarandon (Goya internacional), en el que además de elogiar a Pedro Sánchez afirmó: “Miro a mi alrededor y veo a vuestro presidente y a muchos artistas de este país que hablan con tanta lucidez moral. ¡Gracias!”. En entrevistas previas ya había iniciado ese tono elogioso al describir al presidente como “guapo, alto… y siempre en el lado correcto de la historia”.
Pero estos no fueron los únicos momentos polémicos. La gala estuvo marcada por intervenciones políticas desde la alfombra roja hasta los discursos finales. La mayoría de los actores quiso posicionarse públicamente. Aunque también hubo “rebeldes”: el “¡Viva España!” del artista Aldo Comas se convirtió en un momento viral. Resulta curioso que sea polémico decir “viva” en tu propio país, pero su comentario generó división inmediata. Él defendió su libertad de expresión ante las críticas posteriores.
Otro foco de controversia fue el que rodeó a Silvia Abril y Leonor Watling. Silvia Abril expresó en la alfombra roja su rechazo al creciente interés de parte de la juventud por la fe cristiana. Literalmente afirmó: “Me da pena que los jóvenes se agarren a la fe cristiana” o “Me niego a aceptar que la juventud vuelva a la religión”, refiriéndose además a la Iglesia como “un chiringuito”. La expresión se viralizó rápidamente.
Leonor Watling, por su parte, no protagonizó una polémica directa en la gala, pero su nombre apareció después en la conversación pública. En entrevistas y en un podcast comentó que había recibido presión para llevar un pin reivindicativo sobre Palestina.
Sus declaraciones más citadas fueron: “Si voy a ir con una chapa de Palestina, ¿por qué no una de Ucrania? ¿Y por qué no una de Sudán? ¿Y qué hago aquí? ¿Y por qué no me quedo en mi casa?” y “Me parece ruin tener que posicionarse de manera casi obligada”.
Watling no cuestionó las causas en sí, sino la obligación implícita de mostrar apoyo político en un evento cultural. Sus argumentos se centraron en que la visibilización de una causa debe ser una decisión personal y no una imposición del entorno, además de señalar lo arbitrario que puede resultar decidir qué conflicto apoyar.
La realidad es que en la gala se citan solo algunas causas, centradas sobre todo en política internacional, mientras apenas se mencionan problemas del propio país.
Aunque la cobertura internacional no fue masiva, los medios que comentaron la gala se centraron en el peso político de la ceremonia. Algunos medios europeos destacaron que la gala se convirtió en un espacio de reivindicación social y política, algo que suele llamar la atención fuera de España. La prensa cultural internacional valoró positivamente la diversidad temática y estilística de las películas premiadas, especialmente el enfoque autoral de Los domingos y la potencia visual de Sirat.
Es destacable que los Goya no siempre estuvieron tan politizados. En sus primeras décadas, desde 1987, eran una ceremonia centrada en celebrar el cine español y reivindicar mejoras laborales del sector. Había críticas puntuales al gobierno de turno, pero sin un tono sistemático.
El punto de inflexión llegó en 2003, coincidiendo con la guerra de Irak, cuando muchos actores llevaron pegatinas de “No a la guerra”. Fue la primera vez que la gala se convirtió en un acto político colectivo visible. En 2004, con los atentados del 11-M y el cambio de gobierno, el clima político se volvió aún más intenso.
Desde entonces, la politización dejó de ser excepcional y pasó a ser estructural. Entre 2005 y 2015 se consolidó el tono político de la gala, que se convirtió en escenario para denunciar recortes en cultura, crisis económica, desahucios o la Ley Mordaza.
Discursos de Alberto San Juan, Willy Toledo, Candela Peña o Javier Bardem marcaron esta etapa. La gala ya no era solo cine: era cultura, política y activismo.
Sin embargo, al menos se trataban temas de impacto directo en la sociedad española, no causas internacionales lejanas.
A partir de 2021 la politización se normaliza aún más. En los últimos años la gala se ha centrado en temas como feminismo, #MeToo, LGTBIQ+, Palestina, Ucrania y otros conflictos. Hoy la politización forma parte del ADN del evento.
Esto ocurre porque el cine español se entiende a sí mismo como un agente cultural y político. La industria se percibe como defensora de valores democráticos, sociales y progresistas.
Es interesante observar cómo percibe el público esta politización. Aunque no existen encuestas oficiales publicadas por la Academia, sí hay tendencias claras recogidas por prensa y estudios culturales. El público está dividido: una parte considera que el cine debe posicionarse políticamente, mientras otra cree que la gala se ha convertido en un mitin y ha perdido su esencia cinematográfica.
Las galas más tensas generan más conversación en redes y más polarización, aunque no necesariamente mayor satisfacción del espectador.
Fueron también notorias las palabras de Carmen Machi sobre “disfrutar de nuestra fiesta”. Sin embargo, esta fiesta está financiada en gran parte con dinero público. La gala de 2026 tuvo un presupuesto estimado de 3,1 millones de euros.
La Generalitat de Catalunya aportó alrededor de 2 millones de euros y el Ayuntamiento de Barcelona cerca de 1 millón. RTVE participó como socio de retransmisión, asumiendo costes de emisión e infraestructura televisiva.
También hubo aportaciones de patrocinadores privados mediante aportaciones económicas, cesión de servicios o colaboraciones comerciales. Sin embargo, su contribución fue complementaria y no estructural.
Otro aspecto relevante fue la moda. Mientras muchos actores reivindican el valor de lo español, los diseñadores de sus vestidos no siempre lo son. Rigoberta Bandini lució modelos de Rabanne y también se vieron marcas españolas como Loewe o Sybilla. Sin embargo, muchos artistas vistieron diseños extranjeros como Carolina Herrera, Tom Ford o Dior.
La gala también reaviva el debate sobre la propia industria del cine, las subvenciones y su rentabilidad.
Según el Ministerio de Cultura (ICAA), el volumen anual de ayudas públicas ronda los 250 millones de euros. Según datos oficiales, el cine español recibe aproximadamente 35 euros en ayudas o deducciones por cada euro que aporta al Estado vía IVA procedente de la venta de entradas.
La taquilla del cine español ha sufrido una caída significativa, con un descenso del 25 % respecto a niveles prepandemia.
Las ayudas han crecido notablemente: en 2010 rondaban los 150 millones de euros, lo que supone un incremento cercano al 67 %.
Este modelo de apoyo público también existe en otros países europeos. En Francia, el país más generoso en este ámbito, las ayudas alcanzan los 800 millones anuales, pero el público ve mucho más cine nacional. En el Reino Unido también existe un alto volumen de incentivos fiscales.
En España, el aumento de ayudas no ha evitado la caída de espectadores ni la concentración de taquilla en pocos títulos.
En 2025 más de la mitad de las películas españolas no recaudaron ni 1.000 euros. De las 727 películas exhibidas ese año, solo 16 superaron el millón de euros de taquilla.
La estructura del mercado muestra un alto nivel de producción —más de 700 títulos— con una capacidad de exhibición muy limitada. La mayoría de las películas no tiene distribución efectiva y el público se concentra en pocos títulos. Incluso obtener un premio no garantiza una gran taquilla. Los domingos recaudó aproximadamente entre 1,2 y 1,5 millones de euros, con unos 200.000 espectadores. Sirat obtuvo unos 700.000 euros y cerca de 90.000 espectadores.
Las películas ganadoras de los Goya 2025 recibieron más de 7,2 millones de euros en subvenciones. En España es un sector donde muchas películas prácticamente no tienen espectadores pese a recibir financiación pública.
Además de las ayudas del ICAA, las producciones obtienen ingresos de televisiones (RTVE, Movistar+, Atresmedia o Mediaset), plataformas como Netflix o Filmin, incentivos fiscales y ayudas autonómicas o europeas.
Las subvenciones pueden cubrir entre el 50 % y el 80 % del presupuesto de una película española. Esto significa que una película puede recuperar gran parte de su coste incluso sin espectadores. En muchos casos el cineasta no asume el mismo riesgo económico que en otras industrias. El modelo de financiación no depende de la taquilla, que pasa a ser un ingreso adicional.
Se trabaja más con la lógica de “proyecto cultural” que de “producto de mercado”. Muchas películas se conciben como obras de autor, proyectos identitarios, cine en lenguas cooficiales o cine de festival.
Con este enfoque, que no busca necesariamente la máxima comercialidad, las películas deberían aspirar a una gran calidad cultural y artística. Algo que, sin embargo, no siempre ocurre.