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España, país de empastillados

El negocio de los ansiolíticos crece 2.000 millones de euros a costa de la salud mental.

Uno de cada diez españoles consume antidepresivos a diario.  Esta es la conclusión a la que se ha llegado en el último estudio publicado por la Federación de Asociaciones para la defensa de la sanidad pública, realizado a partir de datos del INE, Eurostat y el Ministerio de Sanidad. Dicho estudio viene a señalar la tendencia a medicalizar los problemas mentales que padece el ciudadano medio debido, entre otras cosas, a la falta de personal y recursos de los diferentes sistemas de salud autonómicos. 

La tendencia es clara y va al alza desde la pandemia. Ya en 2021 España fue el país en el que más benzodiacepina se consumió del mundo, siendo especialmente preocupante su consumo entre los jóvenes. Un 13,6% de los adolescentes consumieron psicofármacos en dicho año, recetados fundamentalmente por médicos de familia sin formación específica en psicología, cosa no muy extraña, teniendo en cuenta que España es uno de los países europeos con menor número de psiquiatras (4,3 por cada 100.000 habitantes), y está muy alejada de Alemania (41), Reino Unido (18), Francia (15) o los países nórdicos, donde cuentan con ¡90 psicólogos! por el mismo número de personas. 

Según el informe, «la falta de psicólogos en el sistema público representa un importante riesgo para la salud global de las personas», y advierte que «solo un 30% de los psicólogos clínicos que ejercen en España (unos 9.000) trabajan en la sanidad pública», dejando totalmente desamparados a la población que carece de recursos económicos para acudir a uno privado, ya que el precio medio de un tratamiento privado es de 50-70 euros por sesión. Y teniendo en cuenta que lo recomendado es una sesión semanal, el tratamiento puede oscilar entre los 2500-4000 euros al año. Algo inasumible para una gran parte de la población que tiene en el incremento del precio de la vivienda, la subida del costo de los alimentos, o la  precariedad laboral sus problemas más acuciantes.

El estudio también señala que las dolencias en salud mental más comunes en nuestro país son la ansiedad (68%) y la depresión (51%), seguidas del trastorno del estado de ánimo (29%), los pensamientos suicidas (12%), los trastornos de la conducta alimentaria (12%) y las adicciones (10%); así como también el preocupante aumento de suicidios (un 25% en los últimos diez años), sobre todo entre los jóvenes de entre 15 y 29 años. 

¿Qué hacer ante esto? Pues como ya se ha dicho al principio del artículo, la única opción que observa el sistema de salud es medicalizar las dolencias a base de pastillas, que a medio y largo plazo es, según señalan todos los expertos, claramente insuficiente y peligroso. Porque para que todo el mundo lo entienda: básicamente la ansiedad es la anticipación de un peligro que hace que nuestro cuerpo libere ciertas sustancias que tiene sus respuestas físicas: aumento del ritmo cardíaco, dilatación de las pupilas, respiración agitada… que nos prepara para defendernos o huir. Si esto se activa en una circunstancia donde no hay peligro, puede llegar a producir fuertes dolores de cabeza, musculares y de diversa índole. Bien, pues los ansiolíticos serían un analgésico: calma el malestar, pero no lo arregla.  Y si ese malestar no se trata, el ansiolítico podría convertirse a medio plazo en un problema… Para el paciente, no para la industria farmacéutica. 

Según el informe publicado por el Ministerio de Sanidad en 2022 se puede apreciar como en el año 2020 se incluyeron un total de 1.244 presentaciones de medicamentos en la financiación pública del SNS, de las cuales la mayoría (6.194) correspondían a fármacos que actuaban sobre el sistema nervioso. Les seguían medicamentos para el sistema cardiovascular (4.016) y los antiinfecciosos para uso sistémico (2.425). Y es que desde la ya lejana revolución del Prozac allá por los noventa, hasta el spray nasal Spravato, último tratamiento para combatir la depresión en nuestros días, las farmacéuticas han desarrollado un mercado de medicinas psiquiátricas que nos vende que los trastornos mentales se deben, principalmente, a un desequilibrio químico del cerebro, y por tanto se puede curar con medicamentos.

Alguno de estos laboratorios puede que les suenen: los estadounidenses Pfizer y Johnson & Johnson; las japonesas Takeda y Otsuka o la multinacional suiza Novartis. Dichas corporaciones se prevé que alcancen un valor en bolsa de 58 mil millones de dólares para 2031. Y no hablemos si alguno de ellos consigue descubrir «la pastilla mágica» que cure la depresión. Mientras tanto, han de apoyarse en el márketing, e intentar convencer a los psiquiatras para que receten sus marcas en lugar de los genéricos que producen otros laboratorios. 

Y no sólo las farmacéuticas están haciendo su agosto a costa de la salud mental. El hecho de que este problema esté empezando a visibilizarse (algo bueno porque poco a poco se va rompiendo el tabú), ha hecho que la sanidad privada se lance a captar «clientes» para ese gran «mercado». Según un informe sobre las tendencias de mercado de la terapia online, se espera que el negocio pase de los 7.670 millones de dólares que facturó en todo el mundo en 2022 a 9.620 en 2023. Un crecimiento de 2.000 millones en un solo año… y unas  predicciones aún más halagüeñas. 

Como se puede apreciar, es toda una mercantilización del sufrimiento a costa de los beneficios, máxime teniendo en cuenta que la terapia online al ser algo muy novedoso, no está todavía muy desarrollada según confirman numerosos profesionales de la salud; y que además alertan sobre el consumo de contenido de autoayuda y cuentas de psicólogos en redes sociales, ya que  este tipo de contenidos no siempre es publicado por profesionales competentes.

Un estudio del año 2020 ya aseguraba que solo el 23% de los creadores de contenido de salud mental en TikTok estaba cualificado. Además, más del 80 por ciento de los consejos que daban eran engañosos y casi el 15 por ciento, peligrosos. Es lo que los expertos denominan «psicología pop»: diversos tipos de estrategias mentales que pueden o no tener fundamentos científicos, diseñadas con la intención de mejorar el bienestar psicológico, con teorías populares aceptadas por el público general, aunque muchas de ellas no sean más que leyendas o mitos psicológicos sin ninguna evidencia empírica. 

Además de en los «tik-tokers», podemos encontrar a la psicología pop en libros de autoayuda y seminarios de gurús que aseguran que si piensas positivo lograrás todas tus metas por muy inconcebibles que estas sean, además de hacer hincapié en que tú y sólo tú eres el responsable de lo que te pasa. Un círculo vicioso del que muy pocos logran salir y que es aprovechado por muchos de estos «expertos» para vender cursos o retiros a cambio de un dinero que muchos no tienen, añadiendo un nuevo problema a sus ya maltrechos estados anímicos.

En resumen: toda inversión en el sistema público de sanidad para la prevención y el tratamiento de las enfermedades mentales en nuestro país debería ser prioritaria para los gobernantes de cualquier signo político. Porque es nuestra salud como sociedad la que está en juego.

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