La desigualdad en España ya no se explica únicamente por los ingresos, sino cada vez más por el patrimonio. Y dentro de ese patrimonio, la vivienda se ha convertido en el elemento decisivo. El reciente análisis de Funcas confirma una realidad cada vez más evidente: la brecha entre quienes tienen vivienda y quienes no la tienen es hoy uno de los principales motores de la desigualdad.
Hace dos décadas, esa diferencia existía, pero no tenía la intensidad actual. En 2002, la propiedad de la vivienda estaba más extendida entre los distintos niveles de renta y los precios eran más accesibles, también en términos reales. Esto reducía la distancia patrimonial entre los hogares, ya que la vivienda no funcionaba como una barrera de entrada tan clara ni como un factor tan determinante en la acumulación de riqueza.
El escenario actual es distinto, pues el encarecimiento de la vivienda y las mayores dificultades de acceso a la propiedad han reforzado su papel como activo clave. Quien accedió a una vivienda en propiedad ha podido beneficiarse de su revalorización y consolidar patrimonio. Sin embargo, quien ha quedado fuera del mercado de compraventa encuentra mayores dificultades para ahorrar y construir una base económica sólida. Así, la vivienda no solo refleja la desigualdad, sino que contribuye a ampliarla.
A ello se suma la transmisión intergeneracional de la riqueza, un factor cada vez más relevante. El punto de partida familiar condiciona de forma creciente las oportunidades económicas, es decir, tener padres con vivienda facilita el acceso a la propiedad mediante herencias, donaciones o apoyo económico. No contar con ese respaldo implica partir con una desventaja significativa, de este modo, la desigualdad deja de depender exclusivamente de los ingresos o del esfuerzo individual y pasa a estar más vinculada a la riqueza acumulada en generaciones anteriores.
Conviene además evitar simplificaciones sobre la estructura del mercado. En España, una parte muy importante de la vivienda, especialmente en el alquiler, está en manos de pequeños propietarios. Sin embargo, esto no altera el fondo del problema y la vivienda se ha consolidado como el principal mecanismo de acumulación patrimonial para los hogares, lo que intensifica las diferencias entre quienes pueden acceder a ella y quienes no.
Las consecuencias son relevantes desde el punto de vista económico y social. Se reduce la movilidad social, se amplían las brechas entre generaciones y aumenta la dificultad de construir proyectos de vida autónomos. Cuando el acceso a la vivienda depende cada vez más del patrimonio previo y cada vez menos de la capacidad de generar ingresos, la desigualdad deja de ser solo una cuestión coyuntural y pasa a tener un carácter estructural.
