Groenlandia ha vuelto al centro del debate internacional. No por una crisis interna ni por una deriva autoritaria, sino por la creciente presión de Estados Unidos, que vuelve a presentar la isla como un problema de <<seguridad nacional>>. Un argumento difícil de sostener si se atiende a la realidad política y jurídica del territorio.
Groenlandia forma parte de Dinamarca desde hace más de tres siglos. No es una colonia ni un territorio ocupado: cuenta con autogobierno, parlamento propio y amplias competencias internas reconocidas por el propio Estado danés. Se trata de un sistema plenamente democrático, sin dictaduras ni estructuras criminales vinculadas al poder. La imagen de un territorio inestable o fuera de control no encaja con los hechos.
Con más de dos millones de kilómetros cuadrados y una población de apenas 56.000 habitantes (similar a la de una ciudad como Cuenca), Groenlandia es enorme en extensión y pequeña en población. En su escenario político conviven fuerzas que defienden el actual estatus con partidos claramente independentistas, que plantean una eventual soberanía propia. Esa posibilidad existe desde 2009: la ley de autogobierno reconoce el derecho del pueblo groenlandés a decidir su futuro mediante referéndum. Lo que no contempla ese marco legal es un traspaso de soberanía a un tercer país.
El interés estadounidense responde a una lógica estrictamente geopolítica. El Ártico se está transformando a gran velocidad. El deshielo está haciendo navegables durante más tiempo zonas antes bloqueadas por el hielo, abriendo nuevas rutas comerciales y reforzando el valor estratégico de la región. Groenlandia ocupa una posición clave para la vigilancia de esos corredores y para el despliegue de sistemas de defensa y alerta temprana. En términos militares, el Ártico sigue siendo la ruta más corta entre Norteamérica y Eurasia. A ello se suma la presencia de minerales estratégicos, como tierras raras o uranio, aunque hoy su explotación es limitada. El verdadero valor no está tanto en lo que se extrae como en lo que se controla.
Las tensiones recientes han llevado a la creación de un grupo de trabajo trilateral entre Estados Unidos, Dinamarca y Groenlandia tras reuniones en Washington. Aunque el formato busca rebajar el conflicto, tanto Copenhague como Nuuk reiteraron su rechazo a cualquier intento de control estadounidense del territorio, ofreciendo únicamente cooperación en materia de seguridad dentro del marco de la OTAN. En paralelo, Dinamarca ha reforzado su presencia militar en la isla y varios países europeos participan ya en ejercicios conjuntos en la región.
Las autoridades danesas y groenlandesas han sido claras: Groenlandia no está en venta. Desde Nuuk, el mensaje ha ido aún más lejos al afirmar que, ante cualquier escenario de presión externa, la isla elige a Dinamarca y a Europa. Groenlandia se ha convertido así en uno de los primeros escenarios donde se mide el nuevo equilibrio de poder en el Ártico.