2 de marzo de 2026

El islam se adapta en China; Europa se adapta al islam

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Las personas y los Estados no se definen únicamente por los problemas que enfrentan, sino, sobre todo, por cómo responden a ellos. La verdadera esencia de una sociedad no se revela en los desafíos que atraviesa, sino en las decisiones que adopta ante esos desafíos. Son esas decisiones —políticas y culturales— las que permiten conocer sus prioridades reales, sus objetivos últimos y su jerarquía de valores.

En el terreno cultural, y especialmente en la defensa de la identidad, China ha dejado claro que valora y protege sus raíces, sus símbolos, sus tradiciones y su idiosincrasia como nación más de lo que hoy lo hace Europa.

Podríamos detenernos en la pérdida de identidad europea desde un punto de vista filosófico o sociológico. El tema ha sido ampliamente estudiado por intelectuales que han advertido del progresivo vaciamiento cultural del continente. Sin embargo, más que movernos en el plano teórico, conviene observar hechos concretos. Comparar decisiones institucionales. Analizar políticas reales.

Mientras en España y en gran parte de Europa se abren las puertas con ligereza —y, en ocasiones, con un cierto servilismo cultural— a corrientes ideológicas y religiosas que no siempre muestran voluntad de integración, en otras partes del mundo el principio es distinto: quien llega debe adaptarse al país que lo recibe. La diversidad no se prohíbe, pero tampoco se permite que sustituya lo que ya existe. Son las nuevas realidades las que deben integrarse en un marco cultural consolidado por siglos de historia.

Europa, en nombre de un multiculturalismo mal entendido, ha normalizado la fragmentación cultural como si fuese una virtud. Ha asumido que todas las culturas son equivalentes incluso cuando algunas cuestionan los fundamentos jurídicos y morales del propio orden europeo.

China ha optado por el camino contrario. Ha reafirmado su soberanía cultural dentro de sus fronteras sin pretender exportarla como modelo universal. Los inmigrantes chinos en el extranjero no exigen que los países de acogida adopten el confucianismo o reconfiguren sus instituciones según parámetros culturales chinos. Pero dentro de su territorio, el Estado sí exige que toda expresión religiosa o cultural se adapte al marco nacional.

Este proceso se conoce como sinización. Aunque el término comenzó a utilizarse en el siglo XIX para describir la absorción cultural de pueblos como los manchúes o los mongoles en la cultura Han, la práctica es mucho más antigua y ya estaba presente en la China imperial como estrategia de cohesión y unidad del imperio.

Bajo el régimen comunista, el concepto quedó en segundo plano durante algunas décadas. Sin embargo, con la llegada al poder de Xi Jinping en 2012, la sinización fue redefinida e incorporada como eje político explícito del Partido Comunista Chino. Desde entonces, y especialmente a partir de 2016, ha adquirido centralidad como política oficial.

En la actualidad, todas las religiones que se practican en China deben aceptar el liderazgo del Partido Comunista Chino e integrarse en la cultura nacional. Las iglesias han de registrarse oficialmente, los templos están sometidos a supervisión y los líderes religiosos reciben formación en instituciones autorizadas por el Estado.

Aunque todas las confesiones están controladas, el islam es la religión más vigilada. Para las autoridades chinas, el islam no es solo una religión individual, sino una red transnacional con conexiones políticas, financieras y educativas que trascienden las fronteras del país. La financiación extranjera de mezquitas, los vínculos con Oriente Medio o Asia Central, o la dimensión política que el islam adquiere en algunos contextos, son percibidos por Pekín como posibles vectores de injerencia o desestabilización.

En regiones como Xinjiang, donde reside la minoría uigur, el Estado ha aplicado políticas de sinización especialmente intensas tras episodios de violencia atribuidos al extremismo islámico. Desde la perspectiva del Gobierno chino, la prioridad es impedir que cualquier estructura religiosa actúe como foco de separatismo o radicalización.

La sinización del islam se materializa en diversas medidas: reforma arquitectónica de mezquitas para eliminar elementos asociados al mundo árabe, supervisión oficial de los textos religiosos, control de la formación de imanes, restricciones al uso del árabe en determinados centros educativos y vigilancia de los contactos internacionales.

La comparación con Europa es inevitable. Mientras China impone límites claros para preservar su cohesión cultural, los Estados europeos muestran crecientes dificultades para definir y defender un marco común. En nombre de la neutralidad o la tolerancia, Europa relativiza símbolos propios, revisa tradiciones históricas y evita afirmar una identidad cultural explícita.

El resultado es un continente donde conviven comunidades paralelas con escaso denominador común cultural. China, por el contrario —y pese a las críticas occidentales— ha priorizado la cohesión interna sobre la apertura irrestricta.

La cuestión de fondo no es si el modelo chino es exportable o deseable en todos sus aspectos. La cuestión es otra: qué ocurre cuando una civilización deja de defender activamente su identidad. China ha optado por proteger la suya. Europa, en muchos ámbitos, parece haber renunciado a hacerlo.