España está viviendo un cambio que va mucho más allá de una simple estadística y por primera vez en décadas ya hay más nacimientos de madres mayores de 40 años que de mujeres menores de 25, cuando a comienzos de la década pasada la maternidad a partir de los 40 era algo claramente minoritario. Hoy esa tendencia se ha consolidado y refleja una transformación profunda en la estructura demográfica de nuestro país, ya que al observar los datos, vemos como en 2025, las mujeres mayores de 40 años tuvieron 33.380 hijos frente a los 30.577 nacimientos de madres menores de 25.
Este retraso en la edad de maternidad muestra un país en el que formar una familia joven se ha vuelto cada vez más difícil y donde ya no resulta creíble el discurso de que la baja natalidad responde únicamente a decisiones personales, porque la realidad es mucho más concreta y tiene que ver con condiciones materiales que hacen que la emancipación se retrase, el acceso a la vivienda se complique y la precariedad laboral condicione la vida adulta hasta el punto de convertir decisiones básicas como tener hijos en algo cada vez más inaccesible.
El resultado es evidente, quien puede retrasa la maternidad hasta encontrar cierta estabilidad laboral y quien no la alcanza directamente renuncia, por eso aumentan los nacimientos en edades más avanzadas mientras se desploman entre las más jóvenes. No es una cuestión de preferencias, es una cuestión de condiciones económicas.
En paralelo aparece otro dato que ayuda a entender el conjunto de la situación actual, en la Comunidad de Madrid el 60% de las mujeres menores de 30 años que tuvieron hijos en 2024 eran de origen extranjero. Este fenómeno se enmarca en un contexto económico capitalista que favorece la llegada de población procedente de países más pobres, para cubrir las demandas de las élites empresariales y, en ese marco, muchas de estas familias llegan a España en condiciones en las que aceptar salarios y condiciones más precarias sigue resultando, aun así, una mejora respecto a sus países de origen.
Al mismo tiempo, esta dinámica tiene efectos directos sobre el mercado laboral interno, ya que contribuye a mantener presionados los salarios y dificulta que una parte de la población española, especialmente los más jóvenes, pueda acceder a empleos estables y bien remunerados. De este modo, se genera una situación en la que quienes ya habían conquistado determinados derechos laborales ven cómo las condiciones se deterioran, mientras aumenta la dificultad para construir un proyecto de vida que incluya formar una familia. A todo ello se suma un modelo cultural cada vez más centrado en el consumo inmediato y el hedonismo, donde los proyectos de vida a largo plazo pierden peso frente a dinámicas individualistas
España no solo afronta un problema de natalidad, afronta un problema de supervivencia, porque sin nacimientos no hay relevo generacional y sin relevo generacional no hay continuidad nacional. En juego no está solo la demografía sino también la pervivencia de una historia, una cultura y una identidad que dependen en última instancia de que haya nuevas generaciones de españoles que las sostengan.