Las elecciones celebradas este domingo en Hungría han marcado un punto de inflexión, ya que Viktor Orbán ha perdido el poder tras años dominando la política del país y el vencedor ha sido Péter Magyar, un exmiembro de su propio entorno que ha sabido capitalizar el desgaste acumulado. En principio podría parecer que no es un cambio ideológico claro, sino más bien un relevo dentro del mismo espacio político, pero con una cara nueva.
Hay tres factores que explican este giro.
El primero es el desgaste por las acusaciones de corrupción y clientelismo. No se trata tanto de condenas concretas como de una percepción que se ha ido extendiendo con los años, con críticas recurrentes al uso de fondos públicos y europeos en beneficio de círculos cercanos al poder.
El segundo factor es el deterioro de los servicios públicos, especialmente la sanidad. Hungría ha aplicado durante años políticas de contención del gasto en línea con la Unión Europea, lo que ha reducido recursos y ha empeorado la percepción del sistema. Orbán ha defendido la soberanía en lo político, pero en lo económico ha terminado aplicando recetas que han debilitado el propio Estado.
Y el tercer elemento es el propio Magyar. No es un externo, viene de dentro, conoce perfectamente el sistema y comparte buena parte del marco conservador. La diferencia es que no arrastra el desgaste del poder y eso le ha permitido presentarse como una alternativa sin generar rechazo entre los votantes tradicionales.
Ahora bien, aquí aparece la gran incógnita. Porque, aunque se presenta como continuador del nacionalismo húngaro, su posicionamiento apunta hacia un mayor alineamiento con la OTAN y con Bruselas. Esto supone un giro respecto al tono más soberanista que había marcado Hungría en los últimos años y plantea una duda evidente sobre hasta qué punto habrá una continuidad real con el soberanismo de Orbán.
En el fondo, el riesgo es que todo vire hacia el globalismo aunque el relevo parezca venir casi desde dentro.