lunes, julio 22, 2024

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El problema del lenguaje inclusivo

El lenguaje inclusivo es una modificación de las bases de algunos aspectos lingüísticos del castellano que se ha materializado en los últimos años en la comunidad hispanohablante por parte de unas coordenadas políticas concretas

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Actualmente hay una demanda lingüística, adscrita a unas coordenadas políticas muy concretas, contra la lengua castellana, que se fundamenta en el rechazo al uso del masculino para referirse a individuos de los dos sexos.

El origen del llamado «masculino genérico» se remonta hasta la etapa preindoeuropea de nuestro sustrato lingüístico, hacia unos dos mil años antes de Cristo. Como explicó Rodríguez Arados en su artículo Ensayo sobre la estructura del indoeuropea preflexional y también González Luis en La caracterización morfológica del género flexional, en aquella etapa primordial de nuestra habla no había flexión masculina ni femenina: los sustantivos se diferenciaban entre sí únicamente por si se referían a seres animados o inanimados. Para indicar el sexo de un individuo se añadían sustantivos adicionales como niña o varón.

En la etapa del Indoeuropeo III fue cuando se generó el dimorfismo flexivo para el género, tomando la -a de la palabra gwena (mujer) para designar a todos aquellos seres animados de sexo femenino. Así las cosas, el género femenino se formó antes que el masculino, superponiéndose al anterior dimorfismo animado/inanimado, tal y como explica Ledo-Lemos en Femininum Genus.

Por lo tanto, el masculino en realidad no se formó como tal: para referirse a una colectividad formada por seres animados de ambos sexos, se siguió utilizando la misma desinencia de siempre (la que se refería a seres animados), mientras que para referirse a seres animados femeninos o hembras, como ya hemos dicho, se usó la flexión -a, de forma que el femenino pasó a ser el género marcado.

El masculino, así pues, quedó asignado a la misma desinencia de siempre para los seres animados en general, deviniendo el género no marcado, que se ha mantenido así en su paso por el latín (conviviendo con un neutro que desapareció) hasta llegar al castellano actual. Es por esto, a grandes rasgos, que cuando nos referimos a un colectivo formado tanto por hombres como por mujeres utilizamos el masculino. ¿Qué tuvieron que ver el patriarcado, el machismo o la misoginia en todo esto? Absolutamente nada.

Hasta hace muy pocos años, el uso del masculino genérico no fue nunca un problema, ni social ni comunicativo. Pese a que desde el feminismo se arguye que eso ha sido un lastre para las mujeres, pues las ha invisibilizado, lo cierto es que todos los grandes avances en cuanto a derechos de las mujeres se dieron en épocas muy anteriores tanto a la aparición del lenguaje inclusivo como al boom del feminismo.

Desde 1978, hay igualdad de derechos entre ambos sexos, aunque en fechas anteriores a la aprobación de la Constitución ya se habían hecho avances. También ha sido con un uso generalizado del masculino genérico como las mujeres han avanzado en todos los ámbitos sociales: laboral, universitario, empresarial, cultural, etc. Sin necesidad de desdoblamientos de géneros gramaticales ni de uso del femenino genérico, las mujeres han ocupado la mayoría de plazas en muchas carreras universitarias, incluyendo ADE, Derecho, Biología, Bioquímica, Biotecnología, Química y Biomedicina (INE, Graduados universitarios por titulación y sexo, 2013-2014).

También están avanzando en puestos directivos y, en contra de lo que suele afirmarse mediante el mantra del techo de cristal, las empresas suelen promocionar a altos cargos mujeres algo por encima de los hombres, según reveló un estudio de la consultora Hudson publicado en 2013 (en 2012, por ejemplo, los candidatos a directivos en España fueron un 68% hombres y un 31% mujeres, y los seleccionados para ocupar cargos directivos fueron un 64% hombres y un 35% mujeres; es decir, las mujeres fueron porcentualmente más seleccionadas que los hombres en relación a sus respectivos porcentajes de candidatos presentados).

En síntesis: las mujeres han avanzado en todos los campos sin necesidad del llamado «lenguaje inclusivo». Por lo tanto, el lenguaje inclusivo no tiene absolutamente ninguna utilidad para el avance social, cultural y laboral de las mujeres.

Por otro lado, hay diversos ejemplos de idiomas que no presentan distinciones de género y cuyas sociedades no pueden ser consideradas precisamente como un ejemplo de igualdad de género, como el Yoruba (hablado en Nigeria), el turco o el coreano. La igualdad entre sexos en una sociedad depende de la cultura y las condiciones políticas en las que se ha desarrollado y no en la existencia o carencia de flexiones gramaticales de género.

Dicho esto, ¿podrá imponerse algún día el llamado lenguaje inclusivo en la comunidad hispanohablante? Imposible no es, aunque depende de la modalidad a la que nos refiramos. Actualmente, el lenguaje inclusivo se manifiesta de las siguientes formas:

Desdoblando el género de sustantivos y adjetivos (los ciudadanos y las ciudadanas, o los/as ciudadanos/as). Es la forma más extendida, sobre todo en el ámbito político y periodístico. No obstante, en el habla cotidiana no suele usarse ya que puede llegar a hacerse un auténtico engorro y supone una sobrecarga léxica que entorpece la comunicación, motivo por el cual en 2023 la Universidad de Barcelona decretó que los documentos oficiales de la entidad debían redactarse en masculino genérico, no sólo porque supone una comunicación más fluida, sino porque el masculino genérico no es excluyente (me remito a lo expuesto al principio del artículo).

Utilizando la x o la @ en sustantivos y adjetivos (lxs ciudadanxs, l@s ciudadan@s). Cada vez en mayor desuso porque es ortográficamente aberrante e impronunciable.

Uso del femenino genérico (decir «las ciudadanas» para referirse al conjunto de la ciudadanía). Esta modalidad está extendida sobre todo en las coordenadas políticas de la izquierda woke. No la usa prácticamente nadie fuera de esos ámbitos ideológicos y, además, causa confusión, puesto que la inmensa mayoría de los hablantes interpreta que un sintagma nominal en femenino se refiere sólo a individuos mujeres (mientras que interpreta que ese mismo sintagma en masculino puede referirse, según el contexto, sólo a hombres o a una colectividad de ambos géneros).

El uso del femenino genérico implica cambiar el marco de referencia lingüístico en ese ámbito de una inmensa mayoría de hablantes y puede causar multitud de confusiones, sobre todo en la comunicación con ciertos grupos sociales muy amplios (gente mayor de cincuenta años, ancianos, grupos marginales, personas que no usan habitualmente redes sociales -que es donde suele visibilizarse el femenino genérico-, etc).

Además, esta modalidad de lenguaje inclusivo plantea un dilema: si el uso del masculino genérico es injusto, ¿por qué iba a ser justo el uso del femenino genérico, siendo lo mismo pero al revés? ¿El reverso de una injusticia es justicia o sigue siendo injusticia pero hacia el «grupo contrario»?

El uso de la e como morfema para referirse al masculino, al femenino y también a los llamados no binarios (les ciudadanes, le compañere). Esta modalidad de lenguaje inclusivo es, simplemente, un absoluto despropósito, puesto que pretende modificar la morfología del castellano añadiendo un nuevo sufijo y creando un nuevo pronombre en base a una completa subjetividad: la condición de «no binario», término con el que se conoce a un grupo social que no se autoperciben ni como hombres ni como mujeres y que, en el fondo, son algo así como una tribu urbana con la arrogancia suficiente como para pretender que el 99,99% de la población modifique su visión de la realidad (basada en la más elemental biología) y cambie la morfología de su idioma sólo para satisfacer las ansias de validación de esa ínfima minoría.

En definitiva, el lenguaje inclusivo tiene un doble problema. El primero, de base: se sustenta en una narrativa acerca de la naturaleza del género gramatical que es falsa; el segundo, de aplicación: todas sus modalidades tienen profundos problemas a nivel ortográfico y de comunicación, por lo cual la sustitución del masculino genérico (asumido y utilizado por la inmensa mayoría de castellanohablantes con total naturalidad y sin conflictos de entendimiento) por cualquiera de estas formas de lenguaje inclusivo es altamente improbable.

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