La ministra niega que exista un colapso, pero sus palabras abren un debate sobre la presión asistencial y los recursos disponibles en la ciudad autónoma.
Las declaraciones de la ministra de Sanidad, Mónica García, sobre la situación sanitaria de Ceuta han provocado malestar y muchas dudas entre quienes conocen de cerca la presión que soporta el sistema sanitario de la ciudad. Afirmar que no existe un colapso puede ser correcto desde una interpretación técnica del término, pero resulta poco convincente cuando se compara con las dificultades que afrontan a diario los profesionales y los pacientes.
El debate no debería centrarse únicamente en si los hospitales y centros de salud han llegado o no al punto exacto que permita hablar de “colapso”. La cuestión importante es saber si los recursos disponibles son suficientes para atender con garantías una situación que, por las características de Ceuta, puede generar picos de presión asistencial superiores a los habituales.
Las palabras de García corren el riesgo de sonar más a una defensa política de la gestión que a un diagnóstico realista. Negar la existencia de un colapso no resuelve los problemas reales ni responde a quienes reclaman más medios. Tampoco sirve para tranquilizar a los profesionales que puedan estar percibiendo una carga de trabajo creciente o a los ciudadanos que esperan que las administraciones reaccionen antes de que una situación excepcional termine agravándose.
Además, reducir la discusión a una cuestión de terminología puede resultar contraproducente. Un sistema sanitario no tiene que estar paralizado para encontrarse bajo una presión preocupante. Puede seguir funcionando y, al mismo tiempo, hacerlo con dificultades, sobrecarga y falta de margen para responder a nuevas necesidades.
La ministra debería explicar, por tanto, en qué datos basa su afirmación y qué recursos se han puesto a disposición de Ceuta. Sería mucho más útil conocer cuántos profesionales se han reforzado, qué capacidad adicional existe y qué medidas se han previsto para afrontar nuevos episodios de presión asistencial.
Ceuta necesita respuestas concretas y no una discusión sobre etiquetas. Si la situación no es de colapso, las autoridades deberían demostrarlo con datos, pero también reconocer cualquier problema que exista y actuar para corregirlo. Presentar una realidad compleja como si todo estuviera bajo control puede ofrecer un mensaje tranquilizador, pero no contribuye a solucionar las dificultades.
La sanidad ceutí merece un análisis riguroso y transparente. Y, ante una situación de presión, la prioridad debería ser reforzar los servicios y escuchar a quienes trabajan en ellos, no minimizar el problema mediante una declaración que simplemente puede quedar alejada de la percepción de la ciudadanía.