Las elecciones regionales podrían hacer saltar por los aires el Brandmauer, la estrategia de contención a la extrema derecha aplicada desde la era nazi.
Brandmauer significa cortafuegos en alemán. El Brandmauer es el nombre dado en la política alemana al cordón sanitario implementado para rechazar cualquier clase de colaboración con formaciones consideradas extremistas.
En Alemania está recogida en la Constitución la idea de la democracia militante, bajo la cual se entiende al Estado como una entidad que debe intervenir para acabar con aquellos que deseen socavar su democracia, teniendo así la potestad para vulnerar los derechos de aquellos considerados como “hostiles a la Constitución” (aplicable tanto a individuos como a partidos).
El gran peso del pasado nazi lleva a que las formaciones políticas alemanas hayan sido excepcionalmente rígidas a la hora de pactar con formaciones extremistas, y el Brandmauer es considerado como vital para la democracia. El entendimiento de que cualquier acercamiento a ellos les legitima políticamente, ha llevado a que los grandes partidos hayan cumplido a rajatabla el distanciamiento con opciones extremistas.
Sin embargo, la imposición del Brandmauer es compleja debido al ascenso imparable de la AfD, el gran partido de derecha populista en Alemania. Este crecimiento electoral no ha proliferado en poder político, dado los vetos del resto de partidos. Lideran por primera vez en la historia las encuestas nacionales con un 30% mejorando el 20% que alcanzaron hace un año, pese a ello, son conscientes de que cualquier avance electoral será fútil si se mantienen los cortafuegos; en la política alemana, las coaliciones son la norma, y solo ha habido un antecedente de gobierno en solitario a nivel nacional.
Ante este panorama, se ven abocados los ciudadanos de Sajonia-Anhalt a votar en las elecciones regionales, en las que la gobernante CDU (mismo partido que gobierna la región, el país, y la Unión Europa) tendrá que defender su gestión y enfrentar la creciente desconfianza de los votantes hacia partidos del establishment.

Si miramos la demoscopia, la encuesta más reciente y grande hasta la fecha (de Polityx) señala a la AfD liderando con un 43% (duplicando sus resultados anteriores), a la democristiana CDU con un 23% (pierde 14 puntos porcentuales), a la extrema izquierda de Die Linke con un 13% (mejora ligera de 2 puntos) y el resto de partidos perdiendo cuota, de manera moderada para el SPD (socialdemocracia) con un 7% y Grüne (ecologistas) con un 5%, y muy acentuada para el FDP (liberales) quedándose en un 2% de intención de voto, la izquierda conservadora antiestablishment de BSW se sitúa en un 4%.
El gobierno centroderechista de Merz se enfrenta así a dos posibles escenarios:
Primer escenario
El más temido, aquel en el que se materializa la tendencia alcista de la AfD y con ella tan solo consiguen representación la centroderechista CDU y la izquierdista Die Linke, siendo el resto de los partidos políticos extraparlamentarios; lo cual, nos llevaría con toda probabilidad a una mayoría absoluta de la extrema derecha.
Este escenario implicaría un verdadero terremoto político, puesto que sería la primera ocasión donde la AfD accedería a un gobierno en Alemania, un hito inédito que vendría con una doble relevancia al obtenerse con una mayoría absoluta, algo muy inusual en el país, y que le permitiría gobernar sin las trabas que impone un socio. También supondría que obtuviese representación en el Senado nacional, meta nunca alcanzada por ellos.
Conseguir un gobierno permite adicionalmente acceder a documentos de los servicios de inteligencia (que hace poco les clasificaron como extremistas), lo cual conllevaría que podrían anticiparse a movimientos para ilegalizarles, cuando cada vez más voces en las altas esferas claman por ello.
Segundo escenario
Luego estaría el escenario donde salvan los muebles, en el cual la AfD no obtiene la mayoría absoluta y los partidos del establishment pueden aliarse todos juntos para impedir su acceso al gobierno regional.

Este caso evita su acceso al poder, pero sigue siendo muy problemático para la CDU, porque se verían forzados a colaborar con la extrema izquierda. Que un partido de derecha liberal-conservadora y democristiana prefiera pactar con Die Linke, en vez que con otra formación que comparte con ella todos los rasgos mencionados (aunque la AfD posea una retórica nacionalista y populista) puede desencantar a muchos entre su base de votantes y hundir las ya menguadas expectativas del partido del canciller Merz en el futuro (que se puso como objetivo reducir a la mitad el apoyo a la AfD).
Este caso dependerá de cuántos partidos superen el umbral del 5% de votos válidos. Cada partido que obtenga representación redistribuye los escaños logrados entre un mayor número de partidos, es decir que todos tocan a menos escaños… lo que en un principio parece afectar a todos por igual, pero, en la praxis a los únicos a los que afecta son a los parlamentarios de extrema derecha, ya que al no estar nadie dispuesto a colaborar con ellos, cada grupo parlamentario nuevo significará menos diputados para una hipotética nominación al gobierno de la AfD.
Es decir, cada partido que oscilé entre superar o no la barrera electoral y termina accediendo, tan solo es nocivo para la AfD porque es el único con el que nadie está dispuesto a gobernar y/o pactar… o al menos así era hasta la irrupción de BSW.
La Incógnita Wagenknecht ¿Fin de los cordones sanitarios?
La formación BSW, fundada por la comunista y antigua dirigente de Die Linke Sahra Wagenknecht, podríamos definirla como de izquierdas (en términos económicos) y conservadora (en lo social). Wagenknecht dentro de Die Linke mantuvo una línea más cercana con lo que fue el discurso comunista tradicional, y no terminó de comulgar nunca con las ideas posmodernistas que colonizaron el ámbito de la izquierda (ecologismo, teoría queer, abolición de las fronteras…).
Este partido es uno de los que está en el limbo de entrar al Parlamento, pero que rompería el consenso establecido al estar dispuesto a romper el veto que sufre la extrema derecha por todos los demás. Hacía unas semanas Sahra Wagenknecht desató un gran debate en Alemania al realizar unas declaraciones en las que pedía el fin del Brandmauer y dejar de excluir de antemano a la AfD de conversaciones políticas.
Incluso se abrió a que el BSW colaborase con ellos, lo cual le convertiría en la primera fuerza política con representación en Alemania en pedir el fin (o al menos la ruptura) del cortafuegos.
La cuestión es que, tras quebrar un muro, es difícil volver a levantarlo, y esto podría desembocar fácilmente en el fin de los impedimentos para contener a la extrema derecha y la normalización de esta en el espacio político como ha sucedido en países aledaños.
La prueba de fuego podemos verla antes de los comicios en Turingia, donde la AfD está presentando una moción de censura contra el presidente de la CDU Mario Voigt en el que se pondrá a prueba si se materializa el nuevo rumbo político de BSW, que hasta ahora había apoyado a Voigt.
Y es que los tiempos están cambiando, el crecimiento de las fuerzas de extrema derecha es vertiginoso, y las opciones del establishment, en concreto lo que conocemos como la Gran Coalición (la unión de fuerzas centristas, desde centroizquierda a centroderecha) que gobierna su país y la Unión Europea, parecen incapaces de dar respuestas a la gente, que cada vez se fija más en alternativas extremas.
Supervivencia de la Gran Coalición
Irónicamente, esta misma voluntad por parte del régimen político en excluir a la extrema derecha parece haberles reforzado, habiéndoles permitido crear una narrativa en donde se muestran como la única oposición de facto que estaría constantemente excluida por parte de las élites políticas.
Ahora, ante el temor de los grandes partidos de ver disminuida paulatinamente su influencia en la sociedad, están empezando a surgir voces en favor de romper este cordón sanitario para sostener el sistema. Recientemente están surgiendo voces que piden acabar con el férreo cortafuegos: el presidente de la FDP, el partido liberal alemán; el líder regional de la vecina Sajonia, perteneciente a la CDU; un excandidato a la Cancillería del SPD, y exministros tanto del SDP como de la CDU.
Se ven en la siguiente tesitura: ante el crecimiento incesante de la AfD y la aparición de otras fuerzas antiestablishment a la izquierda (BSW), el cordón sanitario será inútil, bien porque la AfD gané con mayoría absoluta y pueda gobernar sin depender de nadie; o porque requiera de unos pocos votos que BSW pueda darles, llegando así a una unión de izquierdas y derechas populistas. Ante esta posición tan delicada donde temen en muchas regiones, en las que antiguamente dominaban, quedar relegados a posiciones marginales, el centroderecha podría replantearse la estrategia planteada hasta ahora para frenar la sangría de apoyos, retractarse en sus pasos; y, alegando que su presencia en un gobierno conjunto o como socio externo a la AfD, les permitiría influir sobre el gobierno de extrema derecha, tender puentes con la AfD.
Esto podría ayudar a romper el relato en el que se presentan como excluidos y desgastarles en una labor gubernamental que la CDU podría dificultar siendo exigentes con sus requerimientos. O como mínimo, les servirá para venderse como una almohadilla que les permita suavizar posturas ante la inevitable llegada al poder de estos sin aparentar estar claudicando, aunque claro, una vez roto el cortafuegos regional, el tabú para quebrar el Brandmauer a nivel nacional disminuye.
Sea cual sea el escenario final lo veremos en unos días, los partidos están exprimiéndose en lo que serán unas elecciones claves en la historia del país, y el resultado de estas definirán las próximas de Berlín y de Mecklemburgo-Pomerania; y más importantemente, la relación y la fuerza entre partidos centristas del establishment y extremistas antiestablishment.